¿QUÉ BENEFICIOS SE OBTIENEN AL MATRICULARSE EN UN TALLER LITERARIO?

Preguntas como esta, o tales como:
- ¿Es bueno matricularse en un taller literario?
- ¿Qué me aporta el matricularme en un taller literario?
- ¿Seguro que se puede aprender a escribir en un taller literario?

Preguntas similares y muchas más las he estado escuchando los últimos seis años, los que tiene de vida el taller.
A quienes me las hacían, bien por correo electrónico, bien por teléfono, traté de sacarles de dudas lo mejor que supe o pude.
He de decir que, como tallerista que fui durante más de ocho años en uno de los más antiguos aparecidos en la ciudad de Madrid, más dos cursos en una escuela de prestigio diré que:
1.- Los genios literarios, salvo muy raras excepciones no nacen, se hacen a base de esfuerzo y trabajo constante (al igual que cualquier trabajador en la disciplina que sea: para ser realmente bueno es preciso constancia y trabajo).
2.- En todas las universidades anglosajonas, los talleres literarios son una asignatura más en las facultades de letras.
3.- Cualquiera que sepa redactar medianamente bien, y que tenga inquietudes literarias, puede ser un magnífico alumno.
4.- A un taller literario hay que llegar con humildad y con el pensamiento de que se va a aprender, no creyéndose de entrada un Cervantes o mejor que el insigne alcalaíno porque será un pésimo alumno que no se dejará corregir, se aburrirá y entorpecerá las clases.
5.- Quizá este punto debí ponerlo en el 1º o 2º lugar. Escribir es: CORREGIR, CORREGIR, CORREGIR y CORREGIR, de tal modo que el texto quede pulido, tanto como una pista de patinaje por la que, el lector, deslice la vista y no se encuentre obstáculo alguno que le haga desechar la obra que tiene entre manos bien por aburrimiento, falta de comprensión, exceso de rimas...
6.- Y por último, para no aburrir como pongo más arriba, quien desee escribir, llegar a tener un estilo propio, debe leer mucho y bien, es decir: beber de los autores clásicos y contemporáneos pero no sólo ir a conocer el argumento, sino ver las figuras retóricas empleadas, el tono, el estilo, las formas de lenguaje... Es necesario hacer un estudio en profundidad e, incluso, intentar parecérsele (con los ejercicios de intertextualidad) y, cuando menos se lo espere, habrá llegado, si no a la cumbre, sí a empezar la escalada de esa montaña que, aunque parezca que no, se conseguirá con tesón.

Un saludo, Juana Castillo


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viernes, 28 de junio de 2013

Comentario a "EL MUCHACHO QUE ESCRIBÍA POESÍA" por Susana Simón Cortijo


Susana Simón


            Lo primero que se me ocurre sobre este muchacho es que es un antipoeta, puede ser cierto que sus poemas eran bonitos, pero no brotaban de sus sentimientos. El texto dice: Sabía mentalmente que un poema nace de la tristeza, la maldición o la desesperanza del seno de la soledad. Sólo pensaba en plan negativo y él necesitaba tener problemas muy grandes para sentirse abrumado y hacer bellos poemas.
Por eso cuando su amigo del Club literario, R, le cuenta su problema, le dice que de ahí saldrá un buen poema.
Era un fabricante de palabras muy bien colocadas pero él no las sentía en su corazón.
Supongo que el autor lo que quiere dar a entender es que los poemas salen de dentro, de las vivencias buenas o malas de los poetas, los sentimientos son los que dirigen el buen hacer de la poesía.


Susana Simón Cortijo

miércoles, 26 de junio de 2013

El muchacho que escribía poesía - Comentario de Elda López

El Muchacho Que Escribía Poesía 

Elda López


Al igual que el protagonista de la historia, que tiene una gran facilidad para escribir poesía, el autor de la historia, Yukio Mishima, también tiene una gran facilidad para la escritura, muy buena por cierto, y emplea ocho páginas para hablar de un poeta que no es tal.
Un joven de 15 años, feúcho, anémico, se refugia en la poesía para escapar de la realidad que no le gusta, y así aprendió a mentir a través de sus poemas. Observa el mundo que le rodea, y hay algo que le provoca belleza como una oruga, o un guijarro, o las garzas, etc, juega con las palabras para crear belleza: “la oruga hacía encaje con las hojas del cerezo”; “un guijarro lanzado a través de los árboles volaba hacia el mar”; “las garzas perforaban la ajada sábana del mar embravecido para buscar en el fondo a los ahogados”. Se sentía feliz de esta manera, y cuando un objeto no podía transformarlo en palabras bellas lo rechazaba.
La felicidad que le producían sus poemas era diferente de la que sentía ante un regalo deseado, y esa felicidad sólo era suya. Pero nunca miraba en su interior. Pensaba que quien hace cosas bellas no puede ser feo.
Como era miembro del Club Literario de su colegio tenía acceso a libros sobre la vida de los poetas, y siempre rechazaba a los que se habían suicidado, desde su juventud el suicidio le repugnaba. En el Club conoció a un joven, R, un escritor de poemas como él, cinco años mayor que él. Comenzaron una relación epistolar, en las cartas intercambiaban noticias cotidianas y un poema al final de las mismas; todo parecía intrascendente, pero el protagonista observa en las misivas de R “una pálida melancolía”, “la sombra de un ligero malestar”, ausentes en las suyas.
Sus poemas no nacían de la necesidad, eso suponía una carencia, y eso no entraba en su cabeza. Tampoco era capaz de expresar sus sentimientos, por eso cuando el equipo de béisbol del colegio perdía y sus compañeros lloraban él nunca lloraba, “las cosas que a los demás les hacían llorar no tenían cabida en su corazón”.
Más adelante intentó escribir sobre el amor aunque él no lo conocía, sabía que no tenía experiencia pero no le importaba porque él jugaba con las palabras y sabía escoger las bonitas, sus sentimientos internos estaban ligados a la desarmonía que sentía al encontrar una nueva palabra. Ese era el único dolor que conocía, no sentía nunca el dolor de los demás.
En una ocasión encontró a R cabizbajo y falto de vitalidad, con la expresión de las personas que acaban de perder el tren. R le contó su amor por una mujer casada, un amor prohibido. El muchacho le instó escribir un poema, pero R le dijo que no era momento para la poesía.
El muchacho pensaba que todo se arreglaba escribiendo palabras bellas; tampoco entendía que la muchacha dijera que R tenía un frente bonita, mientras a él le parecía abultada y con protuberancias. No comprendía que a veces algo ridículo se entremete en el amor y en la vida, y se expresa con sentimientos.
Las palabras bonitas escritas una de tras de otras pueden formar frases bonitas, pero si no expresan sentimientos están vacías, y la poesía no es una sucesión de palabras bellas, es una expresión de los sentimientos alegres o tristes que experimenta el poeta. El protagonista de esta historia no es un poeta, sólo escribe palabras.

Esto es lo que Yukio Mishima indica a través de la historia de este quinceañero. La belleza no sólo está en las cosas bonitas, también hay que saber buscarla en el interior de cada uno y en los sentimientos.

Elda López

jueves, 20 de junio de 2013

"Pluma y Tintero" en Onda Latina - Último "Salón literario" de la temporada


Yukio Mishima
       Japón: 1925-1970          


Garzas en vuelo - Pintura japonesa (desconozco el autor)
Imagen de Internet 

El muchacho que escribía poesía

Poema tras poema fluía de su pluma con pasmosa facilidad. Le llevaba poco tiempo llenar las treinta páginas de uno de los cuadernos de la Escuela de los Pares. ¿Cómo era posible, se preguntaba el muchacho, que pudiera escribir dos o tres poemas por día? Una semana que estuvo enfermo en cama, compuso: "Una semana: Antología". Recortó un óvalo en la cubierta de su cuaderno para destacar la palabra "poemas" en la primera página. Abajo, escribió en inglés: "12th. 18th: May, 1940".
Sus poemas empezaban a llamar la atención de los estudiantes de los últimos años. "La algarabía es por mis 15 años". Pero el muchacho confiaba en su genio. Empezó a ser atrevido cuando hablaba con los mayores. Quería dejar de decir "es posible", tenía que decir siempre "sí".
Estaba anémico de tanto masturbarse. Pero su propia fealdad no había empezado a molestarle. La poesía era algo aparte de esas sensaciones físicas de asco. La poesía era algo aparte de todo. En las sutiles mentiras de un poema aprendía el arte de mentir sutilmente. Sólo importaba que las palabras fueran bellas. Todo el día estudiaba el diccionario.
Cuando estaba en éxtasis, un mundo de metáforas se materializaba ante sus ojos. La oruga hacía encajes con las hojas del cerezo; un guijarro lanzado a través de robles esplendorosos volaba hacia el mar. Las garzas perforaban la ajada sábana del mar embravecido para buscar en el fondo a los ahogados. Los duraznos se maquillaban suavemente entre el zumbido de insectos dorados; el aire, como un arco de llamas tras una estatua, giraba y se retorcía en torno a una multitud que trataba de escapar. El ocaso presagiaba el mal: adquiría la oscura tintura del yodo. Los árboles de invierno levantaban hacia el cielo sus patas de madera. Y una muchacha estaba sentada junto a un horno, su cuerpo como una rosa ardiente. Él se acercaba a la ventana y descubría que era una flor artificial. Su piel, como carne de gallina por el frío, se convertía en el gastado pétalo de una flor de terciopelo.
Cuando el mundo se transformaba así era feliz. No le sorprendía que el nacimiento de un poema le trajera esta clase de felicidad. Sabía mentalmente que un poema nace de la tristeza, la maldición o la desesperanza del seno de la soledad. Pero para que este fuera su caso, necesitaba un interés más profundo en sí mismo, algún problema que lo abrumara. Aunque estaba convencido de su genio, tenía curiosamente muy poco interés en sí mismo. El mundo exterior le parecía más fascinante. Sería más preciso decir que en los momentos en que, sin motivo aparente era feliz, el mundo asumía dócilmente las formas que él deseaba.
Venía la poesía para resguardar sus momentos de felicidad, ¿o era el nacimiento de sus poemas lo que la hacía posible? No estaba seguro. Sólo sabía que era una felicidad diferente de la que sentía cuando sus padres le traían algo que había deseado por mucho tiempo o cuando lo llevaban de viaje, y que era una felicidad únicamente suya.
Al muchacho no le gustaba escrutar constante y atentamente el mundo exterior o su ser interior. Si el objeto que le llamaba la atención no se convertía de pronto en una imagen, si en un mediodía de mayo el brillo blancuzco de las hojas recién nacidas no se convertía en el oscuro fulgor de los capullos nocturnos del cerezo, se aburría al instante y dejaba de mirarlo. Rechazaba fríamente los objetos reales pero extraños que no podía transformar: "No hay poesía en eso".
 

Una mañana en que había previsto las preguntas de un examen, respondió rápidamente, puso las respuestas sobre el escritorio del profesor sin mirarlas siquiera, y salió antes que todos sus compañeros. Cuando cruzaba los patios desiertos hacia la puerta, cayó en sus ojos el brillo de la esfera dorada del asta de la bandera. Una inefable sensación de felicidad se apoderó de él. La bandera no estaba alzada. No era día de fiesta. Pero sintió que era un día de fiesta para su espíritu, y que la esfera del asta lo celebraba. Su cerebro dio un rápido giro y se encaminó hacia la poesía. Hacia el éxtasis del momento. La plenitud de esa soledad. Su extraordinaria ligereza. Cada recodo de su cuerpo intoxicado de lucidez. La armonía entre el mundo exterior y su ser interior...
Cuando no caía naturalmente en ese estado, trataba de usar cualquier cosa a mano para inducir la misma intoxicación. Escudriñaba su cuarto a través de una caja de cigarrillos hecha con una veteada caparazón de tortuga. Agitaba el frasco de cosméticos de su madre y observaba la tumultuosa danza del polvo al abandonar la clara superficie del líquido y asentarse suavemente en el fondo.
Sin la menor emoción usaba palabras como "súplica", "maldición" y "desdén". El muchacho estaba en el Club Literario. Uno de los miembros del comité le había prestado una llave que le permitía entrar a la sede solo y a cualquier hora para sumergirse en sus diccionarios favoritos. Le gustaban las páginas sobre los poetas románticos en el "Diccionario de la literatura mundial": En sus retratos no tenían enmarañadas barbas de viejo, todos eran jóvenes y bellos.
Le interesaba la brevedad de las vidas de los poetas. Los poetas deben morir jóvenes. Pero incluso una muerte prematura era algo lejano para un quinceañero. Desde esta seguridad aritmética el muchacho podía contemplar la muerte prematura sin preocuparse.
Le gustaba el soneto de Wilde, "La tumba de Keats": "Despojado de la vida cuando eran nuevos el amor y la vida / aquí yace el más joven de los mártires". Había algo sorprendente en esos desastres reales que caían, benéficos, sobre los poetas. Creía en una armonía predeterminada. La armonía predeterminada en la biografía de un poeta. Creer en esto era como creer en su propio genio.
Le causaba placer imaginar largas elegías en su honor, la fama póstuma. Pero imaginar su propio cadáver lo hacía sentirse torpe. Pensaba febrilmente: que viva como un cohete. Que con todo mi ser pinte el cielo nocturno un momento y me apague al instante. Consideraba todas las clases de vida y ninguna otra le parecía tolerable. El suicidio le repugnaba. La armonía predeterminada encontraría una manera más satisfactoria de matarlo.
La poesía empezaba a emperezar su espíritu. Si hubiera sido más diligente, habría pensado con más pasión en el suicidio.

En la reunión de la mañana el monitor de los estudiantes pronunció su nombre. Eso implicaba una pena más severa que ser llamado a la oficina del maestro. "Ya sabes de qué se trata", le dijeron sus amigos para intimidarlo. Se puso pálido y le temblaban las manos.
El monitor, a la espera del muchacho, escribía algo con una punta de acero en las cenizas muertas del "hibachi". Cuando el muchacho entró, el monitor le dijo "siéntese", cortésmente. No hubo reprimenda. Le contó que había leído sus poemas en la revista de los egresados. Después le hizo muchas preguntas sobre la poesía y sobre su vida en el hogar. Al final le dijo:
-Hay dos tipos: Schilla y Goethe. Sabe quién es Schilla, ¿no es cierto?
-¿Quiere decir Schiller?
-Sí. No trate nunca de convertirse en un Schilla. Sea un Goethe.
El muchacho salió del cuarto del monitor y se arrastró hasta el salón de clase, insatisfecho y frunciendo el ceño. No había leído ni a Goethe ni a Schiller. Pero conocía sus retratos. "No me gusta Goethe. Es un viejo. Schiller es joven. Me gusta más".
El presidente del Club Literario, un joven llamado R que le llevaba cinco años, empezó a protegerlo. También a él le gustaba R, porque era indudable que se consideraba un genio anónimo, y porque reconocía el genio del muchacho sin tener para nada en cuenta su diferencia de edades. Los genios tenían que ser amigos.
R era hijo de un Par. Se daba aires de un Villiers de l'Isle Adam, se sentía orgulloso del noble linaje de su familia y empapaba su obra con una nostalgia decadente de la tradición aristocrática de las letras. R, además, había publicado una edición privada de sus poemas y ensayos. El muchacho sintió envidia.
Intercambiaban largas cartas todos los días. Les gustaba esta rutina. Casi todas las mañanas llegaba a casa del muchacho una carta de R en un sobre al estilo occidental, del color del melocotón. Por largas que fueran las cartas no pasaban de un cierto peso; lo que le encantaba al muchacho era esa voluminosa ligereza, esa sensación de que estaban llenas pero de que flotaban. Al final de la carta copiaba un poema reciente, escrito ese mismo día, o si no había tenido tiempo, un poema anterior.
El contenido de las cartas era trivial. Empezaban con una crítica del poema que el otro había enviado en la última carta, a la que seguía una palabrería inacabable en la que cada cual hablaba de la música que había escuchado, los episodios diarios de su familia, las impresiones de las muchachas que le habían parecido bellas, los libros que había leído, las experiencias poéticas en las que una palabra revelaba mundos, y así sucesivamente. Ni el joven de veinte años ni el muchacho de quince se cansaban de este hábito.
Pero el muchacho reconocía en las cartas de R una pálida melancolía, la sombra de un ligero malestar que sabía que no estaba nunca presente en las suyas. Un recelo ante la realidad, una ansiedad de algo a lo que pronto tendría que enfrentarse, le daban a las cartas de R un cierto espíritu de soledad y de dolor. El tranquilo muchacho percibía este espíritu como una sombra sin importancia que nunca caería sobre él.
¿Veré alguna vez la fealdad? El muchacho se planteaba problemas de esta clase; no los esperaba. La vejez, por ejemplo, que rindió a Goethe después de soportarla muchos años. No se le había ocurrido nunca pensar en algo como la vejez. Hasta la flor de la juventud, bella para unos y fea para otros, estaba todavía muy lejos. Olvidaba la fealdad que descubría en sí mismo.
El muchacho estaba cautivado por la ilusión que confunde al arte con el artista, la ilusión que proyectan en el artista las muchachas ingenuas y consentidas. No le interesaba el análisis y el estudio de ese ser que era él mismo, en quien siempre soñaba. Pertenecía al mundo de la metáfora, al interminable calidoscopio en el que la desnudez de una muchacha se convertía en una flor artificial. Quien hace cosas bellas no puede ser feo. Era un pensamiento tercamente enraizado en su cerebro, pero inexplicablemente no se hacía nunca la pregunta más importante: ¿Era necesario que alguien bello hiciera cosas bellas?
¿Necesario? El muchacho se hubiera reído de la palabra. Sus poemas no nacían de la necesidad. Le venían naturalmente; aunque tratara de negarlos, los poemas mismos movían su mano y lo obligaban a escribir. La necesidad implicaba una carencia, algo que no podía concebir en sí mismo. Reducía, en primer lugar, las fuentes de su poesía a la palabra "genio", y no podía creer que hubiera en él una carencia de la que no fuera consciente. Y aunque lo fuera, prefería llamarlo "genio" y no carencia.
No que fuera incapaz de criticar sus propios poemas. Había, por ejemplo, un poema de cuatro versos que los mayores alababan con extravagancia; le parecía frívolo y le daba pena. Era un poema que decía: así como el borde transparente de este vidrio tiene un fulgor azul, así tus límpidos ojos pueden esconder un destello de amor.
Los elogios de los demás le encantaban al muchacho, pero su arrogancia no le permitía ahogarse en ellos. La verdad era que ni siquiera el talento de R le impresionaba mucho. Claro que R tenía suficiente talento como para distinguirse entre los estudiantes avanzados del Club Literario, pero eso no quería decir nada. Había un rincón frígido en el corazón del muchacho. Si R no hubiera agotado su tesoro verbal para alabar el talento del muchacho, quizás el muchacho no hubiera hecho ningún esfuerzo para reconocer el de R.
Se daba perfecta cuenta de que el premio a su gusto ocasional por ese tranquilo placer era la ausencia de cualquier brusca excitación adolescente. Dos veces al año, las escuelas tenían series de béisbol que llamaban los "Juegos de la Liga". Cuando la Escuela de los Pares perdía, los estudiantes de penúltimo año que habían vitoreado a los jugadores durante el partido los rodeaban y compartían sus sollozos. Él nunca lloraba. Ni se sentía triste. "¿Para qué sentirse triste? ¿Porque perdimos un partido de béisbol?" Le sorprendían esas caras llorosas, tan extrañas. El muchacho sabía que sentía las cosas con facilidad, pero su sensibilidad se encaminaba en una dirección diferente a la de todos los demás. Las cosas que los hacían llorar no tenían eco en su corazón. El muchacho empezó a hacer cada vez más que el amor fuera el tema de su poesía. Nunca había amado. Pero le aburría basar su poesía solamente en las transformaciones de la naturaleza, y se puso a cantar las metamorfosis que de momento a momento ocurren en el alma.
No le remordía cantar lo que no había vivido. Algo en él siempre había creído que el arte era esto exactamente. No se lamentaba de su falta de experiencia. No había oposición ni tensión entre el mundo que le quedaba por vivir y el mundo que tenía dentro de sí. No tenía que ir muy lejos para creer en la superioridad de su mundo interior; una especie de confianza irracional le permitía creer que no había en el mundo emoción que le quedara por sentir. Porque el muchacho pensaba que un espíritu tan agudo y sensible como el suyo ya había aprehendido los arquetipos de todas las emociones, aunque fuera algunas veces como puras premoniciones, que toda la experiencia se podía reconstruir con las combinaciones apropiadas de estos elementos de la emoción. Pero, ¿cuáles eran estos elementos? Él tenía su propia y arbitraria definición: "Las palabras".
No que el muchacho hubiera llegado a una maestría de las palabras que fuera genuinamente suya. Pero pensaba que la universalidad de muchas de las palabras que encontraba en el diccionario las hacía variadas en su significado y con distinto contenido y, por lo tanto, disponibles para su uso personal, para un empleo individual y único. No se le ocurría que sólo la experiencia podía darle a las palabras color y plenitud creativa.
El primer encuentro entre nuestro mundo interior y el lenguaje enfrenta algo totalmente individual con algo universal. Es también la ocasión para que un individuo, refinado por lo universal, por fin se reconozca. El quinceañero estaba más que familiarizado con esta indescriptible experiencia interior. Porque la desarmonía que sentía al encontrar una nueva palabra también le hacía sentir una emoción desconocida. Lo ayudaba a mantener una calma exterior incompatible con su juventud. Cuando una cierta emoción se apoderaba de él, la desarmonía que despertaba lo llevaba a recordar los elementos de la desarmonía que había sentido antes de la palabra. Recordaba entonces la palabra y la usaba para nombrar la emoción que tenía ante sí. El muchacho se hizo práctico en disponer así de las emociones. Fue así como conoció todas las cosas: la "humillación", la "agonía", la "desesperanza", la "execración", la "alegría del amor", la "pena del desamor".
Le hubiera sido fácil recurrir a la imaginación. Pero el muchacho dudaba en hacerlo. La imaginación necesita una clase de identificación en la que el ser se duele con el dolor de los demás. El muchacho, en su frialdad, no sentía nunca el dolor de los demás. Sin sentir el menor dolor se susurraba: "Eso es dolor, es algo que conozco".
Era una soleada tarde de mayo. Las clases se habían acabado. El muchacho caminaba hacia la sede del Club Literario para ver si había alguien allí con quien pudiera hablar camino a casa. Se encontró con R, quien le dijo:
-Estaba esperando que nos encontráramos. Charlemos.
Entraron al edificio estilo cuartel en el que los salones de clase habían sido divididos con tabiques para alojar los diferentes clubes. El Club Literario estaba en una esquina del oscuro primer piso. Alcanzaban a oír ruidos, risas y el himno del colegio en el Club Deportivo, y el eco de un piano en el Club Musical. R. metió la llave en la cerradura de la sucia puerta de madera. Era una puerta que aún sin llave había que abrir a empujones.
El cuarto estaba vacío. Con el habitual olor a polvo. R entró y abrió la ventana, palmoteó para quitarse el polvo de las manos y se sentó en un asiento desvencijado.
Cuando ya estaban instalados el muchacho empezó a hablar.
-Anoche vi un sueño en colores.
(El muchacho se imaginaba que los sueños en colores eran prerrogativa de los poetas).
-Había una colina de tierra roja. La tierra era de un rojo encendido, y el atardecer, rojo y brillante, hacía su color más resplandeciente. De la derecha vino entonces un hombre arrastrando una larga cadena. Un pavo real cuatro o cinco veces más grande que el hombre iba atado a su extremo y recogía sus plumas arrastrándose lentamente frente a mí. El pavo real era de un verde vivo. Todo su cuerpo era verde y brillaba hermosamente. Seguí mirando el pavo real a medida que era arrastrado hacia lo lejos, hasta que no pude verlo más... Fue un sueño fantástico. Mis sueños son muy vívidos cuando son en colores, casi demasiado vívidos. ¿Qué querría decir un pavo real verde para Freud? ¿Qué querría decir?
R no parecía muy interesado. Estaba distinto que siempre. Estaba igual de pálido, pero su voz no tenía su usual tono tranquilo y afiebrado, ni respondía con pasión. Había aparentemente escuchado el monólogo del muchacho con indiferencia. No, no lo escuchaba.
El afectado y alto cuello del uniforme de R estaba espolvoreado de caspa. La luz turbia hacía que refulgiera el capullo de cerezo de su emblema de oro, y alargaba su nariz, de por sí bastante grande. Era de forma elegante pero un tris más grande de lo debido, y mostraba una inconfundible expresión de ansiedad. La angustia de R parecía manifestarse en su nariz.
Sobre el escritorio había unas viejas galeras cubiertas de polvo y reglas, lápices rojos, laca, volúmenes empastados de la revista de los egresados y manuscritos que alguien había empezado. El muchacho amaba esta confusión literaria. R revolvió las galeras como si estuviera ordenando las cosas a regañadientes, y sus dedos blancos y delgados se ensuciaron con el polvo. El muchacho hizo un gesto de burla. Pero R chasqueó la lengua en señal de molestia, se sacudió el polvo de las manos y dijo:
-La verdad es que hoy quería hablar contigo de algo.
-¿De qué?
-La verdad es... -R vaciló primero pero luego escupió las palabras-. Sufro. Me ha pasado algo terrible.
-¿Estás enamorado? -preguntó fríamente el muchacho.
-Sí.
R explicó las circunstancias. Se había enamorado de la joven esposa de otro, había sido descubierto por su padre, y le habían prohibido volver a verla. El muchacho se quedó mirando a R con los ojos desorbitados. "He aquí a alguien enamorado. Por primera vez puedo ver el amor con mis ojos". No era un bello espectáculo. Era más bien desagradable.
La habitual vitalidad de R había desaparecido; estaba cabizbajo. Parecía malhumorado. El muchacho había observado a menudo esta expresión en las caras de personas que habían perdido algo o a quienes había dejado el tren. Pero que un mayor tuviera confianza en él era un halago a su vanidad. No se sentía triste. Hizo un valeroso esfuerzo por asumir un aspecto melancólico. Pero el aire banal de una persona enamorada era difícil de soportar.
Por fin halló unas palabras de consuelo.
-Es terrible. Pero estoy seguro que de ello saldrá un buen poema.
R respondió débilmente:
-Este no es momento para la poesía.
-¿Pero no es la poesía una salvación en momentos como este?
La felicidad que causa la creación de un poema pasó como un rayo por la mente del muchacho. Pensó que cualquier pena o agonía podía ser eliminada mediante el poder de esa felicidad.
-Las cosas no funcionan así. Tú no comprendes todavía.
Esta frase hirió el orgullo del muchacho. Su corazón se heló y planeó la venganza.
-Pero si fueras un verdadero poeta, un genio, ¿no te salvaría la poesía en un momento como este?
-Goethe escribió el Werther -respondió R- y se salvó del suicidio. Pero sólo pudo escribirlo porque, en el fondo de su alma, sabía que nada, ni la poesía, lo podría salvar, y que lo único que quedaba era el suicidio.
-Entonces, ¿por qué no se suicidó Goethe? Si escribir y el suicidio son la misma cosa, ¿por qué no se suicidó? ¿Porque era un cobarde? ¿O porque era un genio?
-Porque era un genio.
-Entonces...
El muchacho iba a insistir en una pregunta más, pera ni él mismo la comprendía. Se hizo vagamente a la idea de que lo que había salvado a Goethe era el egoísmo. La idea de usar esta noción para defenderse se apoderó de él.
La frase de R, "Tú no comprendes todavía", lo había herido profundamente. A sus años no había nada más fuerte que la sensación de inferioridad por la edad. Aunque no se atrevió a pronunciarla, una proposición que se burlaba de R había surgido en su mente: "No es un genio. Se enamora".
El amor de R era sin duda verdadero. Era la clase de amor que un genio nunca debe tener. R, para adornar su miseria, recurría al amor de Fujitsubo y Gengi, de Peleas y Melisande, de Tristán e Isolda, de la princesa de Cleves y el duque de Némours como ejemplos del amor ilícito.
A medida que escuchaba, el muchacho se escandalizaba de que no había en la confesión de R ni un solo elemento que no conociera. Todo había sido escrito, todo había sido previsto, todo había sido ensayado. El amor escrito en los libros era más vital que éste. El amor cantado en los poemas era más bello. No podía comprender por qué R recurría a la realidad para tener sueños sublimes. No podía comprender este deseo de lo mediocre.
R parecía haberse calmado con sus palabras, y ahora empezó a hacer un largo recuento de los atributos de la muchacha. Debía de ser una belleza extraordinaria, pero el muchacho no se la podía imaginar.
-La próxima vez te muestro su retrato -dijo R. Luego, no sin vergüenza, terminó dramáticamente-: Me dijo que mi frente era realmente muy hermosa.
El muchacho se fijó en la frente de R, bajo el pelo peinado hacia atrás. Era abultada y la piel relucía débilmente bajo la luz opaca que entraba por la puerta; daba la impresión de que tenía dos protuberancias, cada una tan grande como un puño.
-Es un cejudo -pensó el muchacho. No le parecía nada hermoso. "Mi frente también es abultada", se dijo. "Ser cejudo y ser bien parecido no son la misma cosa".
En ese momento el muchacho tuvo la revelación de algo. Había visto la ridícula impureza que siempre se entremete en nuestra conciencia del amor o de la vida, esa ridícula impureza sin la cual no podemos sobrevivir ni en ésta ni en aquel: es decir, la convicción de que el ser cejijuntos nos hace bellos.
El muchacho pensó que también él, quizás, de un modo más intelectual, estaba abriéndose camino en la vida gracias a una convicción parecida. Algo en ese pensamiento lo hizo estremecerse.
-¿En qué piensas? -preguntó R, suavemente, como de costumbre.
El muchacho se mordió los labios y sonrió. El día se estaba oscureciendo. Oyó los gritos que llegaban desde donde practicaba el Club de Béisbol. Percibió un eco lúcido cuando una pelota golpeada por bate fue lanzada hacia el cielo. "Algún día, tal vez, yo también deje de escribir poesía", pensó el muchacho por primera vez en su vida. Pero todavía le quedaba por descubrir que nunca había sido poeta.
==========ooo0ooo==========
 
Notas:
 
1 - Este relato se leerá y comentará en Onda Latina el próximo lunes día 24 de los corrientes.
 
2 - Todo aquel que desee dejar un comentario para que sea leído por radio puede hacerlo aquí mismo, o enviando un mensaje al correo del Taller.
 
3 - Si deseais saber más del autor (biobibliografía, pintores de la época, músicos, escritores..., etc.), podéis encontrarlo en este blog en la etiqueta correspondiente a "Relatos y trabajos sobre autores consagrados: Yukio MISHIMA". 
 
 

viernes, 26 de junio de 2009

Lecturas autores consagrados: comentario de texto al relato de Yukio Mishima, LA PERLA.

LA PERLA – Yukio MISHIMA
Comentario de texto por Juana Castillo Escobar


Se trata de un relato bastante breve escrito en tercera persona.
La protagonista universal de la historia es la perla, en torno a ella gira la vida de cinco mujeres de clase acomodada que se reúnen una tarde para celebrar el cumpleaños de una de ellas, la señora Sasaki.
El punto de conflicto nace cuando a la señora Sasaki, la anfitriona y agasajada, se le desengarza una perla del anillo que, en el momento de arreglarse para dicha reunión considera el más apropiado en lugar de ponerse diamantes. No guarda la perla en un joyero, se calla el percance y decide dejar la gema en el borde de la bandeja en la que se encuentra la tarta de cumpleaños, adornada a su vez con perlas de azúcar. La señora Sasaki no es sincera con sus amigas y prefiere no abandonar la sala para guardar la joya que queda expuesta a que se extravíe, algo que sucede más pronto que tarde.
La pérdida de la perla, ese objeto valioso, apreciado por el hombre y tenido por una joya; un objeto nacido de una impureza, es lo que da paso al conflicto que se plantea entre las mujeres divididas en tres grupos:
- La señora Sasaki.- Mujer que cumple los años y dueña de la perla, amiga de las otras cuatro mujeres pero no demasiado, aunque no se especifica en qué grado de amistad se encuentra con respecto a sus invitadas.
- Las señoras Azuma y Kasuga, íntimas amigas y vecinas.
- Las señoras Yamamoto y Matsumara, sus relaciones dejan mucho que desear. Puede decirse que se odian cordialmente.
Todas las miradas y todas las expectativas, tanto las de estas cinco mujeres, como las del lector, convergen en el ansiado objeto, la perla, que, al igual que La perla protagonista de la novela homónima de John Steinbeck, lo único que consigue es alterar la paz, en el primer caso de las cinco supuestas amigas; en el segundo, de una familia y, por ende, de todo un pueblo. En el fondo ambas historias ponen de relieve lo peor del ser humano.

De este relato en particular yo saco como enseñanza:
1º) Que los problemas deben de hablarse para que no se enconen, se sea o no amigo del contrario.
2º) Que se debe de ser sincero en todo momento. La señora Sasaki, por ejemplo, al perder la perla se calla, ¿por qué? ¿Porque su joya se devaluará? ¿Por no quedar en ridículo frente a sus invitadas? Creo que la sinceridad es mejor que aparecer como una “oportunista” que, perla que le regalan para congraciarse con ella, aún a sabiendas de que no es la suya, la admite como tal. A la vista de todos se percibe su degradación moral, su hipocresía, casi su ambición.
3º) Que en algunas ocasiones, al tratar de hacer el bien, se consigue todo lo contrario precisamente por no comunicarse con el otro (caso de la señora Azuma con respecto a la señora Kasuga, grandes amigas pero que esto hace que su amistad se tambalee).
4º) En el caso de la señora Matsumara, que encuentra la perla en su bolso, aún a sabiendas de que ella no lo puso allí, es incapaz de decir la verdad a la dueña, ni de enfrentarse a la persona que la guardó allí. Prefiere comprar una joya nueva. Después se enfrentará con su rival, la señora Yamamoto pues colige que sólo ella ha podido ser quien le haya gastado broma de tan mal gusto, algo que su rival no niega. De nuevo esta forma de actuar da paso a otro enfrentamiento.

Para terminar añadiré que Mishima describe una sociedad, en este caso, la de la alta burguesía japonesa femenina, en la que las relaciones son totalmente superficiales. Frías. Nadie es lo que aparenta. Se mueven en un coto cerrado, pues la presencia masculina está prácticamente ausente (sólo aparece un taxista y el joyero, pero sólo citados). Es una sociedad de costumbres ancestrales, muy feudal y encorsetada.
Al igual que la perla protagonista hay un gran boato exterior, mucha riqueza, pero en el fondo un corazón impuro revestido con los más caros y finos oropeles que, en realidad, son incapaces de esconderlo por completo.


Miércoles, 1-IV-09 – 15,45 p.m.



Lecturas autores consagrados: comentario de texto al relato de Yukio Mishima, LA PERLA.


La Perla
De Yukio Mishima
Comentario de texto de Isabel Fraile


El narrador es una voz en tercera persona.
Protagonista del relato: La Perla.
El título y el relato se corresponden.
Apenas existe descripción del paisaje.
Hay diversidad de personajes. Las amigas, el joyero, el taxista...
La acción transcurre en un día. Se percibe el paso del tiempo.
El diálogo, aunque escaso, es directo.
El género al que pertenece es realista.

Opinión personal

Una anécdota como la desaparición accidental de la perla, pone de manifiesto la hipocresía de un grupo de mujeres mal llamadas amigas. Un enredo en el que todas las participantes quieren salir bien paradas y en el que quedan a la altura del betún.
La perla mal engarzada, tambaleante, semeja a la relación de esas mujeres que apenas se soportan. La actuación típica del ser humano, no querer reconocer su falta aunque sea descubierta, como hace la señora Yamamoto, intentando que caigan las sospechas sobre cualquier otra.
Otra vez asistimos al gran teatro del mundo, de la sociedad, donde se piensa una cosa y se dice otra muy distinta.
Es un relato ameno, para mí, con moraleja.

Lecturas autores consagrados: comentario de texto al relato de Yukio Mishima, LA PERLA.


LA PERLA, COMENTARIO DE TEXTO

Consuelo Gómez


1. ¿Quién es el narrador?
ES UNA VOZ

2. ¿Narrador en 1ª, 2ª ó 3ª persona?
EN TERCERA PERSONA

3. ¿Quién es el protagonista?
LA PERLA

4. ¿Hay muchos personajes?
LAS 5 AMIGAS

5. ¿Hay diálogo? ¿Directo o insertado en el texto?
SI. DIRECTO

6. ¿Existe descripción del paisaje?
NO

7. ¿Se hace perceptible el paso del tiempo?
SI, PASA LA TARDE

8. ¿Género?
REALISTA

9. ¿Cómo es el lenguaje?
NORMAL

10. ¿Qué sensaciones te ha producido?
Me hace sonreír pensando en lo malas que son “algunas mujeres”.

COMENTARIO:
Refleja una sociedad falsa, hipócrita y necia. El comportamiento de estas cinco señoras, incluida la Sra. Sasaki, es bastante corriente en una clase media-alta donde lo que importa son las apariencias.
Ni las cuatro invitadas son amigas entre sí ni tampoco la Sra. Sasaki las considera como tal, a pesar de invitarlas como si fueran sus íntimas. Ella se comporta como una remilgada al montar el número totalmente innecesario con el anillo y LA PERLA demostrando que no existe confianza real entre ellas y, a las demás, ya las hemos visto, UNAS PERLAS TODAS.

jueves, 25 de junio de 2009

Lecturas autores consagrados: comentario de texto al relato de Yukio Mishima, LA PERLA.

Comentario de texto – Pepi Núñez


Narrador en tercera persona
Protagonista. La perla
Personajes. La señora Sasaki, sus amigas, las señoras, Yamamoto, Matsumuro, Azuma y Kasuga.
Diálogos directos
La acción transcurre durante una tarde en la que se festeja un cumpleaños.
No se describe paisajes.

Opinión personal.

El relato para mi está muy bien narrado, pero todo lo que se arma con la perla, la verdad a mi me cuesta entenderlo. Primero, si se me cae una perla de un anillo, no se me ocurre dejarla en el borde del plato. Segundo, si soy la señora Matsumuro y encuentro la perla en mi bolso, se lo comento sobre la marcha a la otra señora, por muy mal que me caiga, y damos la vuelta en el taxis para devolvérsela a su dueña. Claro que de esta forma no existiría este relato. Yo veo aquí unas amigas, que no son tan amigas, hay suposiciones, hay mentiras, mucha hipocresía, se piensa mucho el que dirán las otras. Yo no veo ningún comportamiento normal, ni siquiera el de la señora Azuma, que dice que se tragó la perla, para salvar a su amiga, pero una vez en el taxis la acusa. La mala idea de comprar una perla más grande, para que la otra piense que ella no fue. Me parece todo muy rebuscado. La Yamamoto que es la que se encuentra la perla y se la mete en el bolso a la otra porque no la puede ver, demostrando que es mala, malísima, aunque después acabe llorando, lágrimas de cocodrilo diría yo, para finalmente tragarse la perla. Bueno al final de esta historia quien sale ganando es la cumpleañera, que se queda con un anillo con dos perlas, en lugar de una.

Pepi Núñez

Lecturas autores consagrados: comentario de texto al relato de Yukio Mishima, LA PERLA.


Comentario de Adriana Salcedo a “La Perla” de Mishima.

El cuento está escrito en tercera persona.
Personajes: Sra Sasaki. Sra Azuma. Sra Kasaga. Sra Matsumara. Sra Yamamamoto.
Diálogos: Los diálogos son directos
Descripción de lugares y paso del tiempo: Todo sucede en poco tiempo, y describe brevemente el comedor de la Sra Sasaki.
Comentario: En un principio sentí que reitera mucho, cuando se refiera a la Sra Sasaki, al escribir su nombre muchas veces para dirigirse a ella. Eso me cansó un poco. Pero a medida que fui leyendo el cuento olvidé esa especie de fatiga.
Creo que es un cuento, de un lenguaje muy sencillo, y con una trama simple, esos dos componentes hacen que el cuento sea hermoso, pues el autor lo dirige muy bien. Crea suspense e interés. Lo más bello a mi parecer, fue conocer un poco más la mentalidad oriental, con esa filosofía del honor. No sé cómo explicarlo, pero en la enemistad de las dos señoras, y el cómo lo abordan, es tan sincero... en nuestro mundo occidental no veo eso.

Lecturas autores consagrados: LA PERLA, de Yukio MISHIMA.

Imagen obtenida en Internet
LA PERLA
Yukio Mishima



El 10 de diciembre era el cumpleaños de la señora Sasaki. La señora Sasaki deseaba celebrar el acontecimiento con el menor ajetreo posible y solamente había invitado para el té a sus más íntimas amigas, las señoras Yamamoto, Matsumura, Azuma y Kasuga, quienes contaban exactamente la misma edad que la dueña de casa. Es decir, cuarenta y tres años.
Estas señoras integraban la sociedad "Guardemos nuestras edades en secreto" y podía confiarse plenamente en que no divulgarían el número de velas que alumbraban la torta. La señora Sasaki demostraba su habitual prudencia al convidar a su fiesta de cumpleaños solamente a invitadas de esta clase.
Para aquella ocasión la señora Sasaki se puso un anillo con una perla. Los brillantes no hubieran sido de buen gusto para una reunión de mujeres solas. Además, la perla combinaba mejor con el color de su vestido.
Mientras la señora Sasaki daba una última ojeada de inspección a la torta, la perla del anillo, que ya estaba algo floja, terminó por zafarse de su engarce. Era aquel un acontecimiento poco propicio para tan grata ocasión, pero hubiera sido inadecuado poner a todos al tanto del percance. La señora Sasaki depositó, pues, la perla en el borde de la fuente en que se servía la torta y decidió que luego haría algo al respecto.
Los platos, tenedores y servilletas rodeaban la torta. La señora Sasaki pensó que prefería que no la vieran llevando un anillo sin piedra mientras cortaba la torta y, muy hábilmente, sin siquiera darse vuelta, lo deslizó en un nicho ubicado a sus espaldas.
El problema de la perla quedó rápidamente olvidado en medio de la excitación producida por el intercambio de chismes y la sorpresa y alegría que producían a la dueña de casa los acertados regalos de sus amigas. Muy pronto llegó el tradicional momento de encender y apagar las velas de la torta. Todas se congregaron agitadamente alrededor de la mesa, cooperando en la complicada tarea de encender cuarenta y tres velitas.
Tampoco podía esperarse que la señora Sasaki, con su limitada capacidad pulmonar, apagara de un solo soplido tantas velas y su apariencia de total desamparo suscitó no pocos comentarios risueños.
Después del decidido corte inicial, la señora Sasaki sirvió a cada invitada una tajada del tamaño deseado en un pequeño plato que, luego, cada una llevaba hasta su respectivo asiento. Alrededor de la mesa se produjo una confusión bastante considerable. Todas extendían sus manos al mismo tiempo.
La torta estaba adornada con un motivo floral y cubierta con un baño rosado, salpicado abundantemente con pequeñas bolitas plateadas hechas de azúcar cristalizada. La clásica decoración de las tortas de cumpleaños.
En la confusión del primer momento algunas escamas del baño, migas y cierta cantidad de bolitas plateadas se desparramaron sobre el mantel blanco. Algunas de las invitadas juntaban estas partículas con los dedos y las ponían en sus platos. Otras, las echaban directamente en su boca.
Luego, cada una volvió a su asiento y, con toda la tranquila alegría que correspondía, comieron sus porciones.
Aquélla no era una torta casera. La señora Sasaki la había encargado con anticipación en una confitería de bastante renombre y todas coincidieron en que su gusto era excelente.
La señora Sasaki resplandecía de felicidad. De pronto, y con un dejo de ansiedad, recordó la perla que había dejado sobre la mesa. Con disimulo se levantó tan displicentemente como pudo y comenzó a buscarla. La perla había desaparecido. Sin embargo, estaba segura de haberla dejado allí. La señora Sasaki aborrecía perder cosas. Sin pensarlo más, se entregó de lleno a su búsqueda y su intranquilidad se hizo tan evidente que sus invitadas la advirtieron.
-No es nada... Un segundo, por favor... -repuso a las cariñosas preguntas de sus amigas.
Pese a lo ambiguo de su respuesta, una a una las invitadas se pusieron de pie y revisaron el mantel y el piso.
La señora Azuma, frente a tanta conmoción, pensó que la situación era francamente deplorable. Estaba contrariada frente a una dueña de casa capaz de crear una situación tan desagradable por el extravío de una perla.
La señora Azuma decidió inmolarse y salvar el día. Con una sonrisa heroica, dijo:
-¡Eso fue entonces! ¡La perla debe haber sido lo que me acabo de comer! Cuando me sirvieron la torta, una bolita plateada se cayó sobre el mantel y yo la levanté y me la tragué sin pensar. Me pareció que se atascaba un poco en mi garganta. Por supuesto que si hubiera sido un brillante no dudaría en devolvértelo, aun a riesgo de tener que sufrir una operación; pero como se trata simplemente de una perla, no puedo sino pedirte perdón.
Este anuncio calmó de inmediato la ansiedad del grupo y salvó a la dueña de casa de un trance difícil. Nadie se preocupó en averiguar si la confesión de la señora Azuma era cierta o falsa. La señora Sasaki tomó una de las bolitas que quedaban y se la comió.
-Mmmm -comentó-, ¡ésta tiene gusto a perla!
En esta forma, el pequeño incidente fue recibido entre bromas y, en medio de la risa general, quedó totalmente olvidado.
Al finalizar la reunión, la señora Azuma partió en su auto deportivo, llevando con ella a su íntima amiga y vecina, la señora Kasuga. Apenas se habían alejado, la señora Azuma dijo:
-¡No puedes dejar de reconocerlo! Fuiste tú quien se tragó la perla, ¿no es cierto? Quise protegerte y me declaré culpable.
Estas palabras informales ocultaban un profundo afecto. Pero por más amistosa que fuera la intención, para la señora Kasuga una acusación infundada era una acusación infundada. No recordaba bajo ningún concepto haberse tragado una perla en vez de un adorno de azúcar. La señora Azuma sabía cuán difícil era ella para todo lo referente a la comida. Bastaba con que apareciera un cabello en su plato, para que, inmediatamente, se le atragantara el almuerzo.
-Pero, ¡por favor! -protestó la señora Kasuga con voz débil mientras estudiaba el rostro de la señora Azuma-. ¡Nunca podría haber hecho algo semejante!
-No es necesario que finjas. Te vi en aquel momento. Cambiaste de color y ello fue suficiente para mí.
La confesión de la señora Azuma parecía cerrar el incidente del cumpleaños; pero, sin embargo, dejó una molesta secuela.
Mientras la señora Kasuga pensaba en la mejor forma de demostrar su inocencia, la asaltó la duda de que la perla del solitario pudiera estar alojada en alguna parte de sus intestinos. Era, desde luego, poco probable que se hubiera tragado una perla en vez de una bolita de azúcar, pero, en medio de la confusión general causada por la charla y las risas, forzoso era admitir que existía por lo menos esa posibilidad.
Revisó mentalmente todo lo sucedido en la reunión, pero no pudo recordar ningún momento en el que hubiera llevado una perla hasta sus labios. Después de todo, si había sido un acto subconsciente, sería difícil recordarlo.
La señora Kasuga se sonrojó violentamente cuando su imaginación la llevó hacia otro aspecto del asunto. Al recibir una perla en el cuerpo de uno, no cabe duda de que -quizás un poco disminuido su brillo por los jugos gástricos- en uno o dos días es fácil recuperarla.
Y junto a este pensamiento, las intenciones de la señora Azuma se volvieron transparentes para su amiga. Sin lugar a dudas, la señora Azuma había vislumbrado el mismo problema con incomodidad y vergüenza y, por lo tanto, pasando su responsabilidad a otro, había dejado entrever que cargaba con la culpa del asunto para proteger a una amiga.
Mientras tanto, las señoras Yamamoto y Matsumura, que vivían en la misma dirección, retornaban a sus casas en un taxi. Al arrancar el coche, la señora Matsumura abrió la cartera para retocar su maquillaje, recordando que no lo había hecho durante toda la reunión.
Al tomar la polvera, un destello opaco llamó su atención mientras algo rodaba hacia el fondo de su cartera. Tanteando con la punta de los dedos, la señora Matsumura recuperó el objeto y vio con asombro que se trataba de la perla.
La señora Matsumura sofocó una exclamación de sorpresa. Desde tiempo atrás sus relaciones con la señora Yamamoto distaban mucho de ser cordiales y no deseaba compartir aquel descubrimiento que podía tener consecuencias tan poco agradables para ella.
Afortunadamente la señora Yamamoto miraba por la ventanilla y no pareció darse cuenta del súbito sobresalto de su acompañante.
Sorprendida por los acontecimientos, la señora Matsumura no se detuvo a pensar en cómo había llegado la perla a su bolso, sino que, inmediatamente, quedó apresada por su moral de líder de colegio. Era prácticamente imposible, pensó, cometer un acto semejante aun en un momento de distracción. Pero dadas las circunstancias, lo que correspondía hacer era devolver la perla inmediatamente. De lo contrario, hubiera sentido un gran cargo de conciencia. Además, el hecho de que se tratara de una perla -o sea, un objeto que no era ni demasiado barato ni demasiado caro- contribuía a hacer su posición más ambigua.
Resolvió, pues, que su acompañante, la señora Yamamoto, no se enterara del imprevisible desarrollo de los acontecimientos, en especial cuando todo había quedado tan bien solucionado gracias a la generosidad de la señora Azuma.
La señora Matsumura decidió que le era imposible permanecer ni un minuto más en aquel taxi y, pretextando una visita a un familiar, pidió al conductor que se detuviera en medio de un tranquilo suburbio residencial.
Una vez sola en el taxi, la señora Yamamoto se sorprendió un poco por la brusca determinación tomada por la señora Matsumura a consecuencia de su broma. Observó el reflejo de la señora Matsumura en el vidrio y, en aquel preciso momento, vio cómo sacaba la perla de su cartera.
En el transcurso de la reunión la señora Yamamoto había sido la primera en recibir su parte de torta. Había agregado a su plato una bolita plateada que había rodado sobre la mesa y al volver a su asiento antes que las demás, advirtió que la bolita en cuestión era una perla. En el mismo momento de descubrirlo, concibió un plan malicioso.
Mientras las demás invitadas se preocupaban por la torta, deslizó la perla dentro del bolso que aquella hipócrita e insufrible señora Matsumura había dejado sobre la silla vecina.
Desamparada, en el barrio residencial donde había pocas probabilidades de conseguir un taxi, la señora Matsumura se entregó a oscuras reflexiones acerca de su posición.
En primer lugar, aun cuando fuera absolutamente necesario para descargo de su conciencia, sería una vergüenza ir a removerlo todo de nuevo cuando las demás habían llegado a tales extremos para arreglar las cosas satisfactoriamente. Por otra parte, sería peor si, con tal proceder, hiciera recaer injustas sospechas sobre ella misma.
No obstante estas consideraciones, si no se apresuraba en devolver la perla, desperdiciaría una ocasión única. Si lo dejaba para el día siguiente (el sólo pensarlo hizo sonrojar a la señora Matsumura) la devolución daría lugar a dudas y especulaciones. La propia señora Azuma había formulado una insinuación acerca de esta posibilidad.
Fue entonces cuando, con gran alegría, la señora Matsumura concibió el plan magistral que dejaría en paz a su conciencia y, al mismo tiempo, la libraría del riesgo de exponerse a injustas sospechas.
Aceleró el paso y, al llegar a una calle más transitada, llamó a un taxi y ordenó al conductor llevarla a un conocido negocio de perlas en Ginza. Allí mostró la perla al vendedor y le pidió una algo más grande y de mejor calidad. Una vez efectuada la compra, volvió hasta la casa de la señora Sasaki.
El plan de la señora Matsumura era entregar la perla recién comprada a la señora Sasaki, diciéndole que la había encontrado en el bolsillo de su chaqueta. Su anfitriona la aceptaría y, después, intentaría hacerla calzar en el anillo. Al tratarse de una perla de distinto tamaño no coincidiría con el anillo, y la señora Sasaki, desconcertada, intentaría devolverla, cosa que no pensaba aceptar la señora Matsumura.
La señora Sasaki no podría sino pensar que aquélla se comportaba así para proteger a otra persona: "Sin duda la señora Matsumura ha visto robar la perla por una de las otras tres señoras. Será, pues, mejor olvidar todo el asunto; pero, al menos, de mis invitadas puedo estar segura de que la señora Matsumura está totalmente exenta de culpa. ¿Quién ha oído jamás que un ladrón robe algo y luego lo reemplace por algo similar y de mayor valor?"
Con esta estratagema la señora Matsumura se proponía escapar para siempre de la infamia de la sospecha y de igual manera -mediante un pequeño desembolso- de los remordimientos de una conciencia intranquila.
Volvamos a las otras señoras. Ya en su casa, la señora Kasuga seguía sintiéndose lastimada por las crueles bromas de la señora Azuma. Para librarse de un cargo tan ridículo como aquél, debía actuar antes del día siguiente, pues si no sería demasiado tarde. Para probar realmente que no había comido la perla, era, pues, necesario que la perla apareciera de alguna manera.
En resumen, si podía exhibir de inmediato la perla a la señora Azuma, por lo menos su inocencia respecto a la hipótesis gastronómica quedaría firmemente demostrada.
Si esperaba hasta el día siguiente, aun cuando se las arreglara para mostrar la perla, se interpondría inevitablemente la vergonzosa e innombrable sospecha.
La habitualmente tímida señora Kasuga abandonó apresuradamente su domicilio al cual acababa de regresar e inspirada por el coraje que confiere obrar con ímpetu, se apuró en llegar a un comercio de Ginza donde eligió y compró una perla que, a su parecer, era más o menos del mismo tamaño que las bolitas plateadas de la torta.
Llamó por teléfono a la señora Azuma. Le explicó que, al volver a su casa, había descubierto entre los pliegues del moño de su faja la perla perdida por la señora Sasaki y que le causaba cierta vergüenza ir a devolverla. ¿Sería tan amable la señora Azuma como para acompañarla lo más pronto posible?
Para sus adentros la señora Azuma reflexionó en que aquella historia era poco verosímil, pero por tratarse del pedido de una buena amiga, accedió a él.
La señora Sasaki aceptó la perla que le llevara la señora Matsumura y, asombrada de que no se ajustara a su anillo, pensó, agradecida, exactamente lo que la señora Matsumura había deseado que pensara.
Se sorprendió, sin embargo, cuando una hora más tarde llegó la señora Kasuga, acompañada por la señora Azuma, y le devolvió otra perla.
La señora Sasaki estuvo a punto de mencionar la visita anterior, pero se contuvo a último momento y aceptó la segunda perla tan tranquilamente como pudo. No dudaba de que ésta se ajustaría al engarce y, tan pronto como partieron sus amigas, se apuró a probarla en el anillo.
Era demasiado chica. Frente a este descubrimiento, la señora Sasaki enmudeció.
En el viaje de regreso ambas señoras se encontraron frente a la imposibilidad de saber lo que pensaba la otra, y aunque sus encuentros solían ser alegres y locuaces, en aquella oportunidad cayeron en un largo silencio.
La señora Azuma, que actuaba con perfecto conocimiento del asunto, sabía a ciencia cierta que no se había tragado la perla.
Había sido simplemente para eludir una situación embarazosa para todas que, en la fiesta, se había declarado culpable. En especial, la había guiado el deseo de aclarar la situación de una amiga que, por su inquietud, había transmitido cierta sensación de culpabilidad. ¿Qué podía pensar ahora? Más allá de la peculiar actitud de la señora Kasuga y del procedimiento de hacerse acompañar por ella para devolver la perla, presentía algo mucho más profundo. Quizá la intuición de la señora Azuma había ubicado el punto débil de su amiga y, al descubrirlo, la acorralaba transformando una cleptomanía inconsciente e impulsiva en un grave desorden mental.
Por su parte, la señora Kasuga todavía abrigaba sospechas de que la señora Azuma se hubiera tragado realmente la perla y de que su confesión en la fiesta fuera verdadera. De ser así, resultaría imperdonable de parte de la señora Azuma haberse burlado de ella tan cruelmente. Su timidez había contribuido a la sensación de pánico que la había impulsado a hacer aquella pequeña farsa a más de gastar una buena suma. ¿No era entonces una maldad de parte de la señora Azuma, después de todo ello, negarse a confesar que había comido la perla? Si la inocencia de la señora Azuma era fingida, la señora Kasuga, al representar tan esmeradamente su papel, aparecería ante sus ojos como el más ridículo de los actores de segundo orden.
Pero retornemos a la señora Matsumura. Al regresar de casa de la señora Sasaki y después de haberla obligado a aceptar la perla, la señora Matsumura se sintió algo más tranquila y pudo analizar, detalle por detalle, los acontecimientos del incidente.
Estaba segura, al levantarse en busca de su trozo de torta, de haber dejado su cartera sobre la silla. Luego, al comerla, había empleado servilletas de papel, con lo que se descartaba la necesidad de abrir el bolso en busca de un pañuelo. Cuanto más lo pensaba, menos recordaba haber abierto su cartera hasta el momento de empolvarse en el taxi. ¿Cómo era posible, entonces, que la perla se hubiera introducido en un bolso cerrado?
En aquel momento comprendió la tontería de no haber tenido en cuenta ese simple detalle en vez de atemorizarse al encontrar la perla. Llegada a este punto de su razonamiento, un súbito pensamiento la dejó atónita. Alguien había colocado la perla en su bolso con absoluta premeditación, a fin de comprometerla. Y de las cuatro invitadas a la reunión, la única que podía haberlo hecho era, sin duda, la detestable señora Yamamoto.
Con los ojos encendidos por la ira, la señora Matsumura fue hasta la casa de la señora Yamamoto.
Al verla aparecer en su puerta, la señora Yamamoto supo inmediatamente lo que la había llevado hasta allí y preparó su defensa.
Desde el primer instante, el interrogatorio de la señora Matsumura fue inesperadamente severo, y dejó traslucir claramente que no aceptaría evasivas.
-Has sido tú. Nadie podría haber hecho semejante cosa -comenzó la señora Matsumura.
-¿Por qué yo? ¿Qué pruebas tienes? Supongo que si vienes a echarme esto en cara, es porque tienes todos los elementos de juicio, ¿no es cierto? -la señora Yamamoto se mantenía en una rígida compostura.
La señora Matsumura respondió que la señora Azuma, al echarse las culpas por lo sucedido con tanta nobleza, no podía tener ninguna relación con tan ruin proceder, y que, en cuanto a la señora Kasuga, no tenía las agallas necesarias para un juego tan peligroso. Quedaba, pues, una sola incógnita: la señora Yamamoto.
Ésta guardó silencio con la boca cerrada como una ostra. Frente a ella, la perla traída por la señora Matsumura brillaba suavemente. El té de Ceilán que había preparado tan cuidadosamente comenzaba a enfriarse.
-No pensaba que me odiaras tanto -la señora Yamamoto se enjugó las comisuras de los ojos, pero resultó evidente que la señora Matsumura estaba resuelta a no dejarse ablandar por las lágrimas.
-Bueno, voy a decirte algo que jamás pensé decir -continuó la señora Yamamoto-. No voy a mencionar nombres, pero una de las invitadas...
-¿Con eso quieres hablar de la señora Kasuga o de la señora Azuma?
-Por favor, por lo menos déjame omitir su nombre. Como te decía, una de las invitadas estaba abriendo tu bolso e introduciendo algo en él cuando yo, inadvertidamente, miré en aquella dirección. ¡Puedes imaginarte mi desconcierto! Aun cuando me hubiera sentido capaz de prevenirte, no habría siquiera tenido la oportunidad de hacerlo. Comencé a sentir palpitaciones y más palpitaciones. Y en el viaje en el taxi... ¡oh, qué horror no poder hablarte! Si hubiéramos sido buenas amigas, no hubiera dudado en contártelo con absoluta franqueza, pero como aparentemente yo no te gusto...
-Comprendo. Has sido muy considerada, y ahora le estás echando hábilmente las culpas a las señoras presentes, ¿verdad?
-¿Culpar a otro? ¿Cómo puedo hacerte comprender mis sentimientos? Sólo quería evitar el herir a alguien...
-Está bien. Pero no te importó herirme a mí, ¿no es cierto? Por lo menos podrías haber mencionado todo esto en el taxi.
-Probablemente lo hubiera hecho si tú hubieras tenido la franqueza de mostrarme la perla cuando la encontraste en tu cartera. Preferiste, en cambio, bajar del coche sin decir una palabra
Por primera vez la señora Matsumura no supo qué contestar.
-¿Comprendes, entonces, lo que quise hacer? Lo importante era no herir a nadie.
La señora Matsumura se sintió invadida por una intensa ira.
-Si vas a endilgarme una serie de mentiras como ésta, voy a pedirte que las repitas esta noche frente a las señoras Azuma y Kasuga y en mi presencia.
Al escuchar esto, la señora Yamamoto rompió a llorar.
-Gracias a ti, todos mis esfuerzos por no herir a nadie fracasarán... -sollozó.
Para la señora Matsumura era una experiencia nueva verla llorar y, aunque se repitió firmemente que no iba a dejarse engañar por aquellas lágrimas, no pudo evitar el pensamiento de que, al no probarse nada concreto, quizás podría haber algo de verdad en las afirmaciones de la señora Yamamoto.
Para ser más objetivos, si se aceptaba el relato de la señora Yamamoto como cierto, el rehusarse a revelar el nombre de la culpable traslucía cierta grandeza de alma. Y, de la misma manera, tampoco se podía asegurar que la gentil y, en apariencia, tímida señora Kasuga no pudiera sentirse inclinada a realizar un acto malicioso. Del mismo modo, el indudable rechazo existente entre ella y la señora Yamamoto podía, según se miraran las cosas, ser considerado como un atenuante en la culpa de la señora Yamamoto.
-Tenemos naturalezas diferentes -continuó la señora Yamamoto entre lágrimas- y no puedo negar que hay en ti ciertas cosas que no me gustan. Pero, a pesar de todo, es espantoso que puedas sospechar que necesito valerme de una artimaña tan baja contra ti... No obstante, pensándolo mejor, el someterme a tus acusaciones será la mejor forma de demostrar lo que he sentido hasta ahora en todo este asunto. En esta forma, yo sola cargaré con la culpa y nadie más se sentirá herido.
Una vez concluido este discurso patético, la señora Yamamoto inclinó su cabeza sobre la mesa y se abandonó a un llanto incontrolable.
Al contemplarla, la señora Matsumura comenzó a reflexionar sobre lo impulsivo de su propio comportamiento. Al dejarse cegar por su antipatía hacia la señora Yamamoto, había perdido la serenidad indispensable para manejar su castigo.
Cuando, después de sollozar prolongadamente, la señora Yamamoto alzó la cabeza nuevamente, la expresión a la vez pura y remota de su rostro se hizo visible aun para su visitante.
Un poco asustada, la señora Matsumura se puso tiesa contra el respaldo de la silla.
-Esto no debería haber sucedido nunca. Cuando desaparezca, todo permanecerá como antes.
Al hablar enigmáticamente, la señora Yamamoto sacudió su hermosa cabellera y clavó una mirada terrible, aunque fascinante, sobre la mesa. En un segundo, tomó la perla que estaba frente a ella y, con gran determinación, se la metió en la boca. Alzando la taza con el meñique elegantemente estirado, se tragó la perla con un sorbo de té de Ceilán frío.
La señora Matsumura la observaba con espantada fascinación. Todo había sucedido sin darle tiempo a protestar. Era la primera vez que veía a alguien tragarse una perla. Además, en la conducta de la señora Yamamoto había algo de la desesperación que se supone puede embargar a quienes ingieren un veneno.
Sin embargo, aunque el acto era heroico, aquél no era más que un incidente conmovedor. La señora Matsumura se encontró con que no sólo su enojo se había disuelto en el aire, sino que la pureza y simplicidad de la señora Yamamoto la hacían considerarla ahora como a una santa.
Los ojos de la señora Matsumura también se llenaron de lágrimas y tomó la mano de la señora Yamamoto.
-Te ruego que me perdones -dijo-, me he equivocado.
Lloraron juntas durante un buen rato, entrelazaron sus dedos y juraron ser, desde aquel momento, las mejores amigas.
Cuando la señora Sasaki se enteró de que las tirantes relaciones entre la señora Yamamoto y la señora Matsumura habían mejorado notablemente y de que la señora Azuma y la señora Kasuga habían enfriado su vieja y sólida amistad, no pudo explicarse las cosas y se limitó a pensar que todo era posible en este mundo.
Fuera como fuera, siendo una mujer sin demasiados escrúpulos, la señora Sasaki pidió a un joyero que remodelara su anillo en un formato en el cual se pudieran engarzar dos nuevas perlas, una grande y una chica, y lo usó sin complejos, sin ulteriores incidentes.
Al poco tiempo había olvidado las conmociones de aquel cumpleaños, y cuando alguien se interesaba por su edad, contestaba con las eternas mentiras de siempre.

jueves, 18 de junio de 2009

Lecturas autores consagrados: Yukio MISHIMA, pintores (selección: Juana Castillo).

Jo-no-mai por Uemura Shoen

Pintores japoneses. Época moderna


En el período Meiji (1868-1912) se inicia una profunda renovación cultural, social y tecnológica en Japón, que se abre más al exterior y empieza a incorporar los nuevos adelantos conseguidos en Occidente. La arquitectura presenta una doble dirección, la tradicional (templos de Heian Jingu y de Meiji, en Tokyo) y la de influencia europea, que incorpora las nuevas tecnologías (Museo Yamato Bunkakan, de Isohachi Yoshida, en Nara). También trabajan arquitectos extranjeros, como Frank Lloyd Wright (Hotel Imperial, Tokyo). Como representantes de la arquitectura japonesa contemporánea cabe destacar a Kenzō Tange (Centro de la Paz, Hiroshima) y Arata Isozaki (Museo de Arte de Kitakyūshū), autor también del Palau Sant Jordi en Barcelona.
La pintura también sigue dos corrientes, tradicional (Nihonga) y occidentalista (Yōga), aunque independiente de ambas descuella la figura de Tomioka Tessai. La pintura tradicionalista está representada por Shunsō Hishida, Taikan Yokoyama y Kanzan Shimomura. La pintura de corte europeísta sigue las distintas corrientes que se van produciendo en el arte occidental a lo largo del siglo XX: el grupo Hakubakai recoge la influencia impresionista; la pintura abstracta tiene como figuras principales Takeo Yamaguchi y Masanari Murai; entre los artistas figurativos destacan Z. Kojima, K. Wakita y S. Tokuoka. Algunos artistas se establecerán fuera de su país, como Genichiro Inokuma en Estados Unidos y Tsuguharu Fujita en Francia.
En escultura existe igualmente la dualidad tradición-vanguardia, destacando los nombres de Y. Kinuchi, G. Sato y T. Yamamoto, además de los abstractos M. Horiuchi, R. Mukai y Y. Mizui, este último afincado en Francia. También cabe citar la colaboración de Etsuro Sotoo en la decoración escultórica de la Sagrada Familia, en Barcelona.
Más recientemente, tuvo bastante renombre dentro del llamado arte de acción el grupo Gutai, que asimila la experiencia de la Segunda Guerra Mundial a través de acciones cargadas de ironía, con un gran sentimiento de crispación y una agresividad latente; destacan Jirō Yoshihara, Sadamasa Motonaga, Shozo Shimamoto, Saburō Murakami, Katsuō Shiraga, Seichi Sato, Akira Ganayama y Atsuko Tanaka.
http://es.wikipedia.org/wiki/Arte_japon%C3%A9s


Lakeside


Período Shōwa
La pintura japonesa a principios de la Era Shōwa estuvo ampliamente dominada por Yasurio Sotaro y Umehara Ryuzaburo, quienes introdujeron los conceptos de arte puro y pintura abstracta a la tradición Nihonga, creando por consiguiente una versión más interpretativa de éste género. Esta tendencia fue considerablemente desarrollada por Tsuguharu Foujita y la sociedad Nika para abarcar el surrealismo. Asimismo para promover estas tendencias, la asociación de arte independiente (Dokuritsu Bijutsu Kyokai) fue establecida en 1931.
Durante la Segunda Guerra Mundial, los controles gubernamentales japoneses y la censura permitieron únicamente la expresión de temas patrióticos. Muchos artistas fueron reclutados en el proyecto de propaganda política del gobierno, y se promovió la crítica sin juicio emocional de sus trabajos.
En el período de postguerra se creó la Academia de Arte Japonés (1937) promovida por el gobierno y la cual abarcaba los estilos Nihonga y Yōga. Las exhibiciones patrocinadas por el gobierno habían cesado, y se dio inicio a las exposiciones privadas como la Nitten, que eran incluso de una mayor escala. A pesar que la Nitten fue en principio organizada por la Academia de Arte de Japón, desde el año 1958 empezó a ser administrada por una corporación privada.
Entre los artistas más importantes de la era Shōwa se encuentran:
Sotaro Yasui (1881-1955)
Kobayashi Kokei (1883-1957)
Yasuda Yukihiko (1884-1978)
Tsuguharu Foujita (1886-1968)
Umehara Ryuzaburo (1888-1986)
Ogura Yuki (1895-2000)
Kaii Higashiyama 1908-1999
Período contemporáneo
Después de la Segunda Guerra Mundial, los pintores, calígrafos y grabadores prosperaron en las grandes ciudades, particularmente en Tokio, y pusieron su interés en los mecanismos de la vida urbana, reflejado en las parpadeantes luces, los colores neón, y el paso frenético de sus abstracciones. Todos los "ismos" del mundo del arte de Nueva York y París fueron fervorosamente adoptados. Después de las abstracciones de los años 1960, en los años 1970 se volvió al realismo fuertemente favorecido por los movimientos de arte "op" y "pop", que fueron plasmados en las obras artísticas de Shinohara Ushio en los años 1980. Muchos de los artistas destacados del vanguardismo trabajaban en Japón y en el extranjero, siendo en muchos casos ganadores de premios internacionales. Estos artistas sentían que no había nada japonés en sus trabajos, y que de hecho pertenecían a la escuela internacional. A finales de los años 1970, la búsqueda de las cualidades japonesas y de un estilo nacional causó que muchos artistas revaluasen su ideología artística y diesen su espalda a lo que algunos consideraban como las "superficiales" formulas de occidente. Las pinturas contemporáneas que seguían un estilo moderno comenzaron a ser realizadas mediante el uso deliberado de las formas, recursos e ideologías tradicionales del arte japonés. Numerosos artistas mono-ha se dedicaron a la pintura con el objetivo de capturar los matices tradicionales de la disposición espacial, la armonía del color y el lirismo.
http://es.wikipedia.org/wiki/Pintura_de_Jap%C3%B3n

lunes, 15 de junio de 2009

Lecturas autores consagrados: Yukio MISHIMA, músicos japoneses contemporáneos. Por Pepi NÚÑEZ PÉREZ.

Músicos de la época de Yukio Mishima‏
Pepi Núñez Pérez


TORU TAKEMITSU (1930-1996)
Definitivamente el compositor más destacado del Japón. Su carrera fue muy particular ya que al no estudiar música en una academia, en todas sus composiciones se demuestra la amplitud y al mismo tiempo particularidad de su personalidad y su lenguaje musical.
Por un lado fue un notable experimentador y constante buscador de nuevas sonoridades, escribiendo bandas sonoras para directores tales como Kurosawa, Imamura y Teshigahara, piezas vanguardistas para cinta magnetofónica o para la orquesta de música cortesana Gagaku, y por otro lado un romántico y abierto admirador de la música popular, lo que es más que evidente en sus transcripciones de canciones de los Beattles o en su hermosa colección de canciones pop titulada Song Book, en la que también utiliza poemas de su propia creación. Se puede decir que fue uno de los pioneros en la búsqueda de lenguajes que reúnen tanto lo oriental como lo occidental. Su más afamada pieza en este sentido, November Steps para laúd Biwa, flauta de bambú Shakuhachi y orquesta, fue comisionada por la Filarmónica de Nueva York para la celebración de los 125 anos de la fundación de esa agrupación.
A pesar de expresar cierto rechazo en algunos de sus primeros escritos por la música tradicional japonesa -la cual decía le traía recuerdos amargos de la guerra- sus composiciones con lenguaje contemporáneo en las que emplea instrumentos tradicionales, hicieron que compositores jóvenes de su país, al igual que algunos compositores occidentales, se dieran cuenta de la inmensa riqueza sonora y estética que proporcionaba la música japonesa para la búsqueda de nuevos lenguajes. Esto inicia un período muy interesante en donde compositores como el afamado alemán Karlhein Stockhausen encontrarán interés por lo japonés.

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MINORU MIKI (1930)
Nació en Tokushima, Japón, en 1930 y se graduó en composición en la Universidad Nacional de Música y Artes de Tokyo (Tokyo Geijutsu Daigaku).
El proyecto más largo en la vida del maestro Miki es "Minoru Miki, serie de ocho óperas sobre la historia de Japón". En 1975 escribió su primera ópera, Shunkin-Sho y obtuvo el premio Giraud Opera Prize. Shunkin-sho tuvo muchas producciones en Japón y también se presentó con éxito en el Festival de Ópera Savonlinna en 1990. En 1979 escribió su siguiente ópera, An Actor's Revenge, la cual fue comisionada por el English Music Theater y estrenada a nivel mundial en inglés (1981, USA; 1984, en japonés en Japón; 1987, estreno alemán en alemán). En 1985 el maestro Miki compuso su tercera ópera, Jôruri, comisionada y estrenada por el Teatro de la Ópera de Saint Louis (OLSL) en inglés para el aniversario de su décima temporada. Sus siguientes óperas tornan su atención hacia la época antigua y medieval. Su cuarta ópera, Wakahime de 1991 (2005, versión en inglés) y su quinta ópera, Shizuka y Yoshitsune de 1993 fueron compuestas en gran formato. Su sexta ópera, El Río Sumida/Kusabira fue escrita en 1995 como una ópera de cámara doble. Su séptima ópera, la Historia de Genji -1999-, comisionada por OTSL para la temporada del 25 aniversario, tuvo su estreno por esta compañía en 2000, y su estreno japonés en septiembre de 2001. Luego de completar su octava ópera, Ai-en, en julio de 2005, que fue comisionada por el Teatro de la Ópera Nacional del Japón (Nuevo Teatro Nacional), y tuvo su estreno mundial en febrero de 2006, finalmente se conectó toda su gran serie de óperas sobre el tema de la historia del Japón que cubrió desde el siglo V hasta el siglo XIX.
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KITARO. (Nació como Masanori Takahashi (高橋正則 Takahashi Masanori) el 4 de febrero de 1953, en Toyohashi, Prefectura de Aichi, Japón) es compositor y multi-instrumentista. Su nombre artístico le fue dado por sus amigos posteriormente, quienes lo sacaron de un personaje de una caricatura de la televisión japonesa llamado Kitarō, de GeGeGe no Kitaro. Él es hijo de una familia de granjeros sintoístas.
Kitaro es sin duda el compositor japonés más conocido en todo el mundo, aunque utilice un sintetizador. Su música llamada de la Nueva Era se escucha desde hace muchos años. Su banda sonora para la serie de documentales La ruta de la seda fue uno de los discos más vendidos a nivel mundial.
Ver más en: http://es.wikipedia.org/wiki/Kitaro

Sólo encontré estas dos biografías, de mi cuenta he añadido a Kitaro, por ser muy popular desde hace años.

Lecturas autores consagrados: Yukio MISHIMA, literatos japoneses contemporáneos. Por Consuelo GÓMEZ GONZÁLEZ.

LITERATOS JAPONESES DE LA POSGUERRA – CONTEMPORANEOS DE YUKIO MISHIMA

Consuelo Gómez

Después de la segunda guerra mundial la literatura japonesa llega a ser reconocida como una de las más vitales de la literatura mundial.
Los escritores japoneses contemporáneos de Yukio Mishima son considerados la 2ª generación de la posguerra. Los más importantes son:


YASUNARI KAWABATA (1899-1972)
Es un lector compulsivo y apasionado por la literatura japonesa tradicional y por la novela europea contemporánea. Fue el primer escritor japonés que recibió el Premio Novel de literatura en 1968 y había recibido la medalla de Goethe en 1959.
OBRAS:
PAIS DE NIEVE–1947. EL CLAMOR DE LA MONTAÑA-1949-54. BELLAS ADORMECIDAS-1961. MIL GRULLAS-1959. EL MAESTRO DE GO-1972. CORRESPONDENCIA-1945-70 (Abarca 25 años de correspondencia entre Kawabata y Mishima. Para éste el primero era un maestro. Ambos se suicidaron con dos años de diferencia). LO BELLO Y LO TRISTE-1965. PRIMERA NIEVE EN EL MONTE FUJI-1958 y DIARIO INTIMO DE MI DECIMOSEXTO CUMPLEAÑOS-1925 es considerada su primera obra literaria.

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JUNICHIRO TANIZAKI, (1896-1965)
Fue colaborador en la revista Literaria de MITA. Su obsesión por la modernidad occidental y por lo erótico sensual marca sus obras, entre las que se destacan las siguientes:
ALGUNOS PREFIEREN ORTIGAS-1929. RELATO DE UN CIEGO-1931. ELOGIO DE UNA SOMBRA-1933. HISTORIA DE SUNKIN-1933. LA LLAVE-1965. EL TATUADOR-1910 fue su primer cuento.
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ABE KOBO (1924-1993)
Su característica principal es el existencialismo y relato del absurdo. Era médico de carrera aunque nunca ejerció y sus obras mas destacadas son:
UNA COLECCIÓN DE POEMAS-1947, LA SEÑAL DE TRAFICO AL FINAL DE LA CALLE -1948 y LA MUJER DE ARENA-1962.

Ver más en: http://es.wikipedia.org/wiki/K%C5%8Db%C5%8D_Abe
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KENZABURO OE (1935-20__)
Fue el segundo escritor japonés en recibir el Premio nobel de literatura en 1994.
Tiene un hijo deficiente mental al que dedica UNA CUESTION PERSONAL-1964, que habla de sus relaciones con él.
Otras de sus principales obras son:
LA PRESA-1958. En esta novela denuncia el militarismo japonés, PREMIO AKUTAGAWA. EL GRITO SILENCIOSO-1967. DINOS COMO SOBREVIVIR A LA LOCURA-1969. JUEGOS CONTEMPORANEOS-1979. A VECES EL CORAZON DE LA TORTUGA-1982. DESPERTAD OH JOVENES DE LA NUEVA ERA-1983. LA TORRE DE TRATAMIENTO-1990 y, SALTO MORTAL-1999.
Ver más en: http://es.wikipedia.org/wiki/Kenzaburo_Oe

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EFEMÉRIDES QUE NO DEBEN DE SER OLVIDADAS

EFEMÉRIDES QUE NO DEBEN DE SER OLVIDADAS

14 de Febrero - DÍA DE SAN VALENTÍN

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Picad sobre la imagen para saber más de la historia del santo y de esta efeméride.

21 de marzo: Día Mundial de las Personas con Síndrome de Down

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21 de Marzo-Día Internacional para la Eliminación de la Discriminación Racial

21 de Marzo-Día Internacional para la Eliminación de la Discriminación Racial
(Pica sobre la imagen)

Agua para todos

Agua para todos
22 de Marzo, día Mundial del Agua

17 de Junio

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Día Mundial de lucha contra la Desertificación y la Sequía (Pica sobre la imagen)

22-IV-2011 - Día Mundial de la Tierra

22-IV-2011 - Día Mundial de la Tierra
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25 de Noviembre Día Internacional Contra la Violencia Hacia la Mujer

25 de Noviembre Día Internacional Contra la Violencia Hacia la Mujer
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El libro es un lujo que sólo se huele

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Parece un espacio mágico arrancado de El Cairo de Naguib Masouf o el Bagdad de Las mil y una noches, un remanso de paz en el que no se escuchan los cláxones de los automovilistas impetuosos que parecen dialogar entre ellos desde sus bocinas. La librería Behzad es un oasis, un lugar hermoso y desordenado repleto de libros, cuadros, mapas, postales, fotografías y polvo, sobre todo mucho polvo (el sello de Kabul), en el que cada objeto parece guardar un equilibro perfecto con el que tiene al lado. (Pica sobre la imagen).

Tras los pasos de la sutil memoria de Machado en Segovia - 26-IX-2010

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Escultura homenaje a Machado delante del Teatro Juan Bravo de Segovia. El escritor vivió 13 años en la ciudad castellana, en la que conoció a Guiomar y vivió grandes momentos pero con la que mantuvo una relación en cierto modo distante. (Pica sobre la imagen).

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La civilización 'yope' muestra sus tesoros. En la foto Juego de Pelota en la zona arqueológica de Tehuelco - México. (Pica sobre la foto).

El almacén de las momias

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Los periodistas que estuvieron presentes describen emocionados una escena que bien podría haber salido de 'En busca del Arca Perdida' o cualquiera de sus secuelas. El interior de la tumba faraónica, 2.600 años en la oscuridad, sólo estaba iluminado por antorchas y por los focos de las cámaras de televisión invitadas al evento. (Pica sobre la imagen).

La Unesco protegerá los yacimientos del fondo del mar a partir de enero

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20 países la han ratificado, entre ellos España, Cuba, Ecuador, México, Panamá y Paraguay. (Pica sobre la foto).

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'La duquesa de Osuna' - Museo Romántico. Retrato familiar de la Duquesa de Osuna como dama de la Orden de Damas Nobles de la Reina María Luisa, Agustín Esteve (1796-1797).

Una «Capilla Sixtina» de 3.500 años

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«¡Alá u-Akbar!» (¡Dios es el más grande!) es lo que exclamó rais Ali Farouk cuando entró, junto a José Manuel Galán, a la cámara mortuoria de Djehuty. Ante sus ojos se revelaba una imagen que nunca nadie «hubiera imaginado en sueños encontrar: una Capilla Sixtina del 1500 a.C», confesaba ayer Galán, director de la campaña arqueológica hispano-egipcia que lleva por nombre Proyecto Djehuty y que desde hace ocho años se desarrolla en la necrópolis de Dra Abu el-Naga, en la orilla occidental de Luxor (antigua Tebas)... (Pica sobre la imagen).

La casa de la playa de Diego Rivera

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Las autoridades mexicanas estudian la compra de una casa con vistas al mar en Acapulco, propiedad de los herederos de la fallecida coleccionista Dolores Olmedo, en cuyas paredes su amigo, el pintor Diego Rivera (1886-1957), dejó cinco murales con motivos prehispánicos. (Pica sobre la imagen).

Las entrañas de la Alcazaba de Almería

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La Alcazaba de Almería abre al público uno de sus rincones más secretos: las mazmorras. La actividad denominada El espacio del mes, con la que el monumento ofrece una lectura más detallada sobre algún elemento del recinto con visita guiada, se ha ampliado ante la expectación que ha levantado este lugar de cautiverio. Las mazmorras pueden verse los miércoles, jueves y viernes de septiembre a las 18.30. (Pica sobre la imagen).

Revolución en el museo de Orsay

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"Quiero que el siglo XIX no se acabe nunca". La frase, en palabras de Guy Cogeval, director del Museo de Orsay, resume la misión que se ha marcado: poner patas arriba el mayor museo mundial de arte del XIX. Una auténtica revolución que ya ha comenzado y que supondrá el salto al siglo XXI de una institución que nació en 1986 como una de las mayores apuestas francesas en la historia del arte. Uno de los beneficiados será España: un centenar de joyas de Orsay aterrizarán el año próximo en la Fundación Mapfre de Madrid, como primera etapa de todo un periplo internacional. (Pica sobre la imagen).

Si es un 'miguel ángel', es un chollo

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'El tormento de San Antonio', la que se supone que es la primera obra de Miguel Ángel Buonarroti, elaborada cuando tenía unos 12 años, ha sido comprada por un museo de Texas (EE UU), señala The Guardian. (Pica sobre la foto)

CIENCIA Y TECNOLOGÍA

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Descubren el planeta extrasolar más pequeño, algo mayor que la Tierra. (Pica sobre imagen).

Así eran los primeros relojes

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Es un pequeño objeto dorado que Cosimo I de Medici, Duque de Florencia, levanta con la mano derecha en un óleo pintado en 1560 por Maso da San Friano. Este mecenas de las ciencias del siglo XVI mira al espectador 450 años después con cierta arrogancia. No es para menos, sostiene una pieza de tecnología punta de su tiempo: un reloj. (Pica sobre la foto).

Detectan una especie de peces destructores en las costas del Caribe de Guatemala

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Guatemala, 13 sep (EFE).- Un grupo de biólogos marinos detectó la presencia de una especie de peces destructores en las costas del Caribe guatemalteco, cuya masiva reproducción podría poner en peligro al ser humano. (Pica sobre la imagen).

El gran cometa Donati como lo trazó William Dyce

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El artista escocés pintó el cuadro sólo meses después del descubrimiento de este cuerpo celeste por un astrónomo italiano. (Pica sobre la imagen)

La historia de Urania, musa de la astronomía

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La creación de esta divinidad menor hija de Zeus demuestra la importancia de esta ciencia desde la antigüedad -Año internacional de la Astronomía-. Los griegos de la antigüedad plasmaron los grandes misterios de la creación en una gran variedad de mitos. La Teogonía escrita por el poeta beocio Hesíodo en el siglo VII a. C. contiene los primeros relatos estructurados sobre el origen del universo, los dioses y el ser humano, partiendo de mitos y poemas procedentes de una tradición oral. Las musas eran divinidades menores hijas de Zeus y la titánide Mnemósine (la Memoria). Según Hesíodo eran nueve: "Ella dio a luz a nueve jóvenes de iguales pensamientos, aficionadas al canto y de corazón alegre, cerca de la más alta cumbre del nevado Olimpo". Se movían entre el Olimpo, al que eran llamadas a menudo por Zeus para alegrar sus fiestas, y el monte Helicón, donde formaban bellos coros y recorrían sus ríos y valles. (Pica sobre la imagen)

La NASA difunde unas fotos tomadas por las nuevas cámaras del telescopio Hubble

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Washington, 9 sep (EFE).- La NASA difundió hoy espectaculares fotografías de galaxias, estrellas y nebulosas captadas por las nuevas cámaras del telescopio espacial Hubble. (Picad sobre la imagen para saber más)