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¿QUÉ BENEFICIOS SE OBTIENEN AL MATRICULARSE EN UN TALLER LITERARIO?

Preguntas como ésta, o tales como:
- ¿Es bueno matricularse en un taller literario?
- ¿Qué me aporta el matricularme en un taller literario?
- ¿Seguro que se puede aprender a escribir en un taller literario?

Preguntas similares y muchas más las he estado escuchando los últimos casi cinco años, los que tiene de vida el taller.
A quienes me las hacían, bien por correo electrónico, bien por teléfono, traté de sacarles de dudas lo mejor que supe o pude.
He de decir que, como tallerista que fui durante más de ocho años en uno de los más antiguos aparecidos en la ciudad de Madrid, más dos cursos más en una escuela de prestigio diré que:
1.- Los genios literarios, salvo muy raras excepciones no nacen, se hacen a base de esfuerzo y trabajo constante (al igual que cualquier trabajador en la disciplina que sea: para ser realmente bueno es preciso constancia y trabajo).
2.- En todas las universidades anglosajonas, los talleres literarios son una asignatura más en las facultades de letras.
3.- Cualquiera que sepa redactar medianamente bien, y que tenga inquietudes literarias, puede ser un magnífico alumno.
4.- A un taller literario hay que llegar con humildad y con el pensamiento de que se va a aprender, no creyéndose de entrada un Cervantes o mejor que el insigne manchego porque será un pésimo alumno que no se dejará corregir, se aburrirá y entorpecerá las clases.
5.- Quizá este punto debí ponerlo en el 1º o 2º lugar. Escribir es: CORREGIR, CORREGIR, CORREGIR y CORREGIR, de tal modo que el texto quede pulido, tanto como una pista de patinaje por la que, el lector, deslice la vista y no se encuentre obstáculo alguno que le haga desechar la obra que tiene entre manos bien por aburrimiento, falta de comprensión, exceso de rimas...
6.- Y por último, para no aburrir como pongo más arriba, quien desee escribir bien debe leer mucho y bien, es decir: beber de los autores clásicos y contemporáneos pero no sólo ir a conocer el argumento, sino ver las figuras retóricas empleadas, el tono, el estilo, las formas de lenguaje... Es necesario hacer un estudio en profundidad e, incluso, intentar parecérsele (con los ejercicios de intertextualidad).

Un saludo, Juana Castillo


miércoles, 15 de febrero de 2012

Relatos de las alumnas: ejercicio de personificación.

Memorias de un aparato de  radio

La radio familiar, imagen enviada por la autora
Isabel Fraile Hernando


Me crearon en las primeras décadas del siglo veinte para llenar los hogares de noticias, música, seriales y llevar algo de alegría a los domicilios en un tiempo matizado de gris. Fui comprado a plazos con algo de esfuerzo. Aún me parece ver la sonrisa de las niñas en la casa donde fui a parar, el alborozo con que me recibieron. Las recuerdo cada tarde pegadas a los altavoces, disfrutando de los cuentos y canciones infantiles. El padre, imponía silencio cuando, de forma puntual, con su soniquete característico, daba comienzo el “Diario hablado”. Tengo que apuntar el enojo del hombre con ciertas noticias y  temí más de una vez que lo pagara conmigo porque, en cierto modo, era el causante de su contrariedad.
Pasé mis primeros cinco años en un lugar preferente y cómodo de la pequeña casa, lejos de los humos de la cocina que hubieran dañado mi delicado interior. Fue un periodo en el que viví tranquilo. Era un aparato joven, de buena marca, aunque mi aspecto, chaparradete y marrón, no fuera el más bonito de los que se vendían. Estaba garantizado para no dar problemas.
Siempre residí con la misma familia. Primero en aquel domicilio lleno de humedades que no disponía de agua corriente, donde comenzaron mis primeros achaques. Después, en el piso de protección oficial con el que todos ganamos en salud.
Mi lugar en la nueva vivienda fue un cuarto luminoso y seco frente a unas cortinas de cretona, un vergel inanimado de flores y pájaros.

Pasaron los días, los meses, los años…
Desde allí observé los cambios físicos producidos en los habitantes de la casa. La madre, con el tiempo, iba ganando kilos y tristeza a consecuencia, como supimos más tarde, de una enfermedad endocrina. El padre, perdía los kilos sobrantes de su compañera pero, a diferencia de ella, siempre estaba de buen humor. Para las ahora adolescentes, ocupadas en pintarse y en alguna que otra cosa más, me volví casi invisible.
También en mi interior, y aunque en ese momento no me diese cuenta, se acumulaban cambios. Era más lento al empezar a emitir sonido y este iba acompañado de un carraspeo como la tos de un viejo cascarrabias.
Así, hasta que alguien vino a relevarme en importancia. Era un cajón cuadrado, color chocolate, mucho más grande que yo, que emitía sonido e imágenes. El regocijo con el que me recibieron en su momento se quedo chico ante el arribo de este nuevo miembro a la familia. Por lo que pude oír, a ese aparato lo llamaron “televisión” y, al parecer, según comentaron mis dueños, eran los primeros en tener uno en toda la escalera, por lo que algunas veces la casa se convirtió en un lugar de encuentro
En un primer momento sentí ser el príncipe depuesto. Tampoco es que tuviera mucho trato con él porque lo situaron en el comedor, que era donde se hacia la “vida” en ese tiempo, mientras yo, seguí relegado en el cuarto de estar, frente al vergel ahora desteñido por los rayos del sol que se colaban por la ventana. La única semejanza con mi rival es que fuimos comprados a plazos y con similar esfuerzo.
Más tarde me di cuenta de lo equivocado que estuve. A mi altivo rival, le sustituyeron otros aparatos más modernos y en color. Yo, por el contrario, sigo perteneciendo a la misma familia.
Para una de las hijas que oía mis cuentos no era un simple aparato de radio, sino un testigo de la etapa feliz de su infancia Gracias a la complejidad de los seres humanos me salvé de morir destripado con todas mis válvulas al aire.
Hoy, me limpian el polvo a diario y, aunque mi trabajo es solo decorativo, no tengo miedo a que ningún aparato nuevo me sustituya. Para las personas también los objetos inanimados formamos parte de  su historia.
Isabel Fraile
 


1 comentarios:

Pepi dijo...

Isa al leerlo aquí, después de ver la foto de la radio, aún me parece más bonito. Es un relato que sobre todo a las personas que le ponemos cariño a las cosas nos llega al alma. Me alegro de que la conserves, es una pequeña joya, aunque no funcione.
Besitos.

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