Isabel Fraile Hernando
“Ella es fuerte, tanto, que hasta las piedras del camino se apartan a su paso”. Esta era la frase con la que su madre la definía siempre.
Mamá con sus cosas, pobre mamá, sin poder caminar apenas -sus ojos se dulcifican cuando piensa en ella-. Tengo que acercarme hoy a la residencia cuando salga del Ministerio, se lo prometí, aunque no pueda quedarme mucho. Además, estoy segura que tiene preparado algún detallito.
La decisión de internarse en el centro había partido directamente de la anciana. Fue la propia Candela la que eligió su hogar. Definitivo. De alguna manera Natalia se siente culpable.
Siempre fue una mujer tozuda. “El hombre de la casa” como la llamaba papá.
Su padre, estuvo muy enamorado de la mujer con la que compartió su vida durante casi cincuenta años. Natalia recuerda su sorpresa al encontrar aquellas hojas amarillas en una gaveta. Iba a romperlas, se paró al reconocer la letra del hombre. Letra de rasgos bien definidos, donde se podían leer frases como: “Tus manos aladas acarician mi rostro cuando me pierdo en el lago de tus ojos”. O: “Eres bella por dentro y bella por fuera”. Esas palabras le dejaron boquiabierta. Nunca hubiera imaginado a sus padres declarándose amor, ella desconocía esa faceta de hombre y mujer. Al igual que para ellos era su niña, sin imaginarse aquel viento cálido que le susurraba al oído de vez en cuando.
-¡Qué tarde! ¡Se me fue el santo al cielo pensando en papá y mamá!
Cerró con tres vueltas la puerta. La casa donde vivía era alquilada. Un par de relaciones sin mucha suerte como balance de aquellos últimos años. Muchas veces se preguntó por qué fallaron esos afectos, tal vez, por mutuo egoísmo y poca comprensión. Pero eso ya no importaba, las cosas eran como eran.
Al entrar en el despacho los papeles amontonados la saludan con sorna.
El discreto tamborilear en el dintel hace que levante la vista del informe. Un centro de flores irrumpe en la estancia. Detrás de él la portadora del presente.
-¡Delfiladices, Nata!
-Gracias Delfina. ¡Qué preciosidad de ramo! ¿Por qué te molestaste, mujer? ¿Sabes?, ya había olvidado qué día es hoy.
Delfina no está muy delgada que digamos. Es una mujeruca peculiar, tanto por su forma de vestir como por su lenguaje. La mayoría de los compañeros le dan de lado por ambas cosas, eso es suficiente para que Natalia la acoja bajo su protección. Al principio le costó entenderla y no sólo por la forma de hablar. Después, de forma inexplicable, es la única que interpreta su lenguaje y carácter atípico. Al acercarse para abrazarla en señal de agradecimiento la mujer espeta:
-Ten decidua con pisarme que gento un ateneju.
-Perdona, no me di cuenta.
-¿Toloncho piscos rapa comer?
-En realidad no. Pensaba tomar algo rápido y acercarme a la residencia a ver a mi madre. Podemos bajar a la cafetería y pedir algo...
-¡No! Son uno copo proquíperos. Doto el suelo pringabian una dadribarba.
-Creo que exageras…, bueno, entonces lo dejamos para otro día, ¿de acuerdo?
-Penestudo, así demospre charlar goten una tinocia chaforra.
Delfina sale del despacho con la misma alegría que entró.
El centro floral exhala un olor picante, un olor que a Natalia le es familiar, aunque ahora no sepa por qué. Al acariciar una de las flores nota su tacto aterciopelado y jugoso como una fresa recién mordida. Fresas y champán de otro cumpleaños. De otro cumpleaños anterior a la soledad. “Aquel en el que el fuego de tus ojos me causó frío, aquel en el que el hielo ya era presente”.
El reloj, coqueto, da las horas. Natalia coge el bolso y la ofrenda floral. No piensa quedarse con aquel regalo pese al detalle de su casi amiga. No sabe cuidar plantas ni animales y, ¿por qué no reconocerlo...?, tal vez ni a ella misma...
Cuando vuelve a casa es tarde. Lleva en el bolso un marco pequeño, con cuentas de colores. El regalo que su madre le ha hecho por su cumpleaños. En él, una foto amarillenta de las dos, de cuando era niña. Las caras están desdibujadas por el paso del tiempo. Sólo las caras, el resto se distingue bien. Eso la extraña, es como si un roce continuo hubiera borrado la zona del rostro. En su mano pequeña, un cesto, adivina más que recuerda su contenido. Fresas.
Mientras, al otro lado de la ciudad, Candela muestra con orgullo el centro de flores que su niña le llevó. Fuera, al abrigo de los árboles, los pájaros duermen. Mañana volverán a trinar puntuales, como todos los días.
6 comentarios:
Querida Isa, me ha parecido realmente entrañable este relato. Hay una mezcla de recuerdos y añoranzas, que tú explicas muy bien. El recuerdo de un amor perdido, ese temor de entrar en una nueva década, el sentirse culpable porqué su madre esté en una residencia, todo lo vas desgranando con esa sensibilidad que tanto te caracteriza. La verdad es que el regalo nos lo haces tú, al permitir que te leamos y disfrutemos con él. Besitos. Pepi.
Muchas gracias por tus palabras Pepi. Cuando me decís esas cosas siento un poco de pudor, pero mentiría si no digo que me encanta que lo sientas así. Un abrazo fuerte… Isa
Mi querida Isa.
Un relato hermoso, que habla de soledades, de miedos, de frustraciones, de bondad, de esa niña que creció pero que aún late en esa mujer que acaba de cumplir cuarenta años.
Te digo lo mismo que a Pepi, sin describir "físicamente" al personaje, a ninguno de ellos, casi todos femeninos, son reconocibles porque son universales (los hombres son como fantasmas, se les nombra, se asoman a la historia, pero se desvanecen en ella).
En cuanto al trato de las figuras retóricas (jitanjáforas, metáforas, oxímorons) "calzan" en el relato como un guante. Se nota su presencia, pero no son "molestas".
Un buen trabajo, como el de Pepi.
Felicidades, Juani.
Mi querida Isa.
Un relato hermoso, que habla de soledades, de miedos, de frustraciones, de bondad, de esa niña que creció pero que aún late en esa mujer que acaba de cumplir cuarenta años.
Te digo lo mismo que a Pepi, sin describir "físicamente" al personaje, a ninguno de ellos, casi todos femeninos, son reconocibles porque son universales (los hombres son como fantasmas, se les nombra, se asoman a la historia, pero se desvanecen en ella).
En cuanto al trato de las figuras retóricas (jitanjáforas, metáforas, oxímorons) "calzan" en el relato como un guante. Se nota su presencia, pero no son "molestas".
Un buen trabajo, como el de Pepi.
Felicidades, Juani.
Mi querida Isa.
Un relato hermoso, que habla de soledades, de miedos, de frustraciones, de bondad, de esa niña que creció pero que aún late en esa mujer que acaba de cumplir cuarenta años.
Te digo lo mismo que a Pepi, sin describir "físicamente" al personaje, a ninguno de ellos, casi todos femeninos, son reconocibles porque son universales (los hombres son como fantasmas, se les nombra, se asoman a la historia, pero se desvanecen en ella).
En cuanto al trato de las figuras retóricas (jitanjáforas, metáforas, oxímorons) "calzan" en el relato como un guante. Se nota su presencia, pero no son "molestas".
Un buen trabajo, como el de Pepi.
Felicidades, Juani.
Hola Isa,
Me ha gustado tu relato, encierra muchas cosas cotidianas contadas con mucho tacto. El detalle de la figura retórica queda muy fino.
Un abrazo, SUSANA
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