Follow by Email

¿QUÉ BENEFICIOS SE OBTIENEN AL MATRICULARSE EN UN TALLER LITERARIO?

Preguntas como ésta, o tales como:
- ¿Es bueno matricularse en un taller literario?
- ¿Qué me aporta el matricularme en un taller literario?
- ¿Seguro que se puede aprender a escribir en un taller literario?

Preguntas similares y muchas más las he estado escuchando los últimos casi cinco años, los que tiene de vida el taller.
A quienes me las hacían, bien por correo electrónico, bien por teléfono, traté de sacarles de dudas lo mejor que supe o pude.
He de decir que, como tallerista que fui durante más de ocho años en uno de los más antiguos aparecidos en la ciudad de Madrid, más dos cursos más en una escuela de prestigio diré que:
1.- Los genios literarios, salvo muy raras excepciones no nacen, se hacen a base de esfuerzo y trabajo constante (al igual que cualquier trabajador en la disciplina que sea: para ser realmente bueno es preciso constancia y trabajo).
2.- En todas las universidades anglosajonas, los talleres literarios son una asignatura más en las facultades de letras.
3.- Cualquiera que sepa redactar medianamente bien, y que tenga inquietudes literarias, puede ser un magnífico alumno.
4.- A un taller literario hay que llegar con humildad y con el pensamiento de que se va a aprender, no creyéndose de entrada un Cervantes o mejor que el insigne manchego porque será un pésimo alumno que no se dejará corregir, se aburrirá y entorpecerá las clases.
5.- Quizá este punto debí ponerlo en el 1º o 2º lugar. Escribir es: CORREGIR, CORREGIR, CORREGIR y CORREGIR, de tal modo que el texto quede pulido, tanto como una pista de patinaje por la que, el lector, deslice la vista y no se encuentre obstáculo alguno que le haga desechar la obra que tiene entre manos bien por aburrimiento, falta de comprensión, exceso de rimas...
6.- Y por último, para no aburrir como pongo más arriba, quien desee escribir bien debe leer mucho y bien, es decir: beber de los autores clásicos y contemporáneos pero no sólo ir a conocer el argumento, sino ver las figuras retóricas empleadas, el tono, el estilo, las formas de lenguaje... Es necesario hacer un estudio en profundidad e, incluso, intentar parecérsele (con los ejercicios de intertextualidad).

Un saludo, Juana Castillo


martes, 28 de febrero de 2012

Relatos de las alumnas: ejercicios de personificación

La mecedora

María José Núñez Pérez

La mecedora dio un largo bostezo que hizo crujir la joven madera de la que está hecha, y ese ruido sobresaltó al viejo paragüero que dormitaba en un rincón. En aquella vieja tienda se aburre mucho, la vida era más divertida en el taller donde la fabricaron, allí todos los muebles eran jóvenes, llenos de ilusiones por adornar nuevas casas. Del viejo roble, el carpintero sacó cuatro hermosas mecedoras. Todas iban a ir a un mismo comercio. Por las noches hacen planes, sueñan con ir a parar a un mismo hogar, pero los otros muebles les dijeron que no pensaran en eso, los únicos que viajaban juntos eran los comedores, compuestos de aparador, vitrina, mesa y seis sillas, el resto se vende por piezas sueltas, si acaso, alguien compra dos, pero cuatro mecedoras, jamás.
Por fin llega el día de salir del taller, las envuelven muy bien y van a parar a la bodega de un barco, allí las amontonan una encima de otra. Un escalofrío recorre toda su madera al recordarlo.
- ¡Qué horror! ¡Qué mal lo pasamos mis hermanas y yo! Un sofoco  tremendo, sin pizca de aire, envueltas en mantas, apenas podíamos hablar, con el ruido ensordecedor de los motores del barco. Cuando llegamos a tierra no tuve tiempo de decirles adiós a mis hermanas. Enseguida me introdujeron en una furgoneta pequeña y aparezco en esta vieja tienda. Por lo que pude saber al llegar, estaba encargada, pero han pasado los meses y no veo que vengan a buscarme. Aquí, todos los muebles son viejos y aburridos, hay una vitrina muy elegante, es la más habladora pero, según ella, en esta tienda no pinta nada, ya que ni siquiera tienen muebles de su clase con los que poder conversar. Es una tonta. Me dijo: Pareces una mecedora antigua, pero a la legua se nota que estás recién hecha, y seguro que con maderas malas”, recalcó. Yo, atacada, le contesté:
- Exacto, estoy hecha de pinsapo ruso, que es tan malo como un dolor, pero seguro que salgo de esta tienda antes que usted. Ella se giró horrorizada. Desde ese día no ha vuelto a decir una palabra, lo cual yo agradezco mucho. Lo de pinsapo ruso lo dije porque se lo escuché explicar a don Bernardino, el carpintero, él decía que esa madera era muy mala, pero yo soy de roble, muy buena, según le oí comentar.
La campana del viejo reloj de pared dando las doce la hizo suspirar y estar atenta al escaparate, hace días que ve pasar a una chica joven, embarazada y con una nena pequeña de la mano. Siempre se para y la mira a ella, ve en sus ojos ilusión por llevársela, y ella está deseando salir de allí cuanto antes. Además, le gusta la chica y la nena.
Han pasado varias semanas sin que pase la joven mamá con su hijita. La mecedora se encuentra muy triste, empieza a sentirse apática, como los achacosos muebles que le acompañan.
De pronto escucha voces que se acercan, y ve con asombro a la chica embarazada. Sí, es ella, aunque ya no lo está, pero lleva un cochecito, y la otra nena de la mano, viene derecha a donde se encuentra la mecedora. Se para, la mira, pasa dulcemente su mano por el respaldo y sonríe, el dueño de la tienda la invita a descansar para que compruebe lo cómoda que es, y lo hace con gran satisfacción. Al momento se empieza a balancear, la mecedora se siente muy feliz. La joven la compra y quedan en llevársela al día siguiente a su casa.
Aquella noche no pudo dormir, se la pasó mirando muy fijo al reloj, el minutero no camina, los minutos son como horas, y las horas más grandes que los días, cuando por fin la claridad de una nueva mañana ocultó las sombras de la noche, la mecedora se estiró tanto que se empieza a mover, aprovecha para comprobar que su balancín está perfecto.
Desde que abrieron la tienda, vinieron a limpiarla y envolverla en mantas para el traslado, mientras lo hacen no pudo resistir mirar a la vitrina, y hacerle un gesto que quería afirmar: ¿Lo ves? Ya te lo dije.
La subieron por unas escaleras y, por fin, le quitaron las mantas y papeles. Lo primero que hizo fue ver dónde está. Enseguida le gustó lo que vieron sus ojos. Era un dormitorio amplio, allí se veía una cuna preciosa, donde un bebé llora de forma perretosa, a ella la colocaron al lado de la ventana, junto a una pequeña mesa camilla. Cuando se fueron los hombres, la chica se sentó feliz, no pudo balancearse mucho porque el bebé llora cada vez más fuerte. La joven madre se levanta, coge a la pequeña de su cunita y se sienta de nuevo, volviendo a balancearse y, ¡oh, milagro!, la pequeña se calló al momento.
Esa fue la primera vez, pero vinieron muchas más. La nena es muy llorona, y la única forma de callarla es que su mamá se siente allí y las dos se balanceen una y mil veces, hasta acabar las dos dormidas, entonces la mecedora procura no parar, ya que de hacerlo, la nena llora y la madre apenas descansa. Fueron unos años muy felices, la mecedora comprueba que es útil porque vino otro nuevo bebé, esta vez fue un niño, y su dueña sigue sentándose feliz.
Pasados unos años escuchó que se iban a mudar de casa, la noticia le importó muy poco, hasta que una tarde su dueña le habló como si supiera que ella la iba a entender, le dijo que la iba a extrañar mucho, pero que se mudaban a un piso pequeño, que lo intentó, pero no tiene un hueco dónde ponerla, así que la envía a una casa que alquilaron en el campo.
Apenas tuvo tiempo para digerir la noticia, se la llevaron junto a otros muebles a una casa vieja en medio de un valle. Al entrar no le gustó el olor a humedad, la casa de donde viene siempre huele muy agradable. Los primeros meses sus dueños suben todos los fines de semana, y la madre y sus hijos se sientan en ella, se nota que la echan de menos. Pero a su dueña no le sienta el frío del lugar, poco a poco dejaron de ir, y la mecedora se queda cada vez más sola, ya nadie se sienta al contrario, fueron abandonando sobre ella cosas que no necesitan. Debido al peso se fue rasgando la rejilla de mimbre que cubría su asiento, hasta que el mismo quedó totalmente desfondado.
De nuevo escuchó que piensan abandonar la casa. Se vio ardiendo en una hoguera para San Juan, tal era su mal estado.
Pero, cuando había perdido toda esperanza, una mañana escuchó una voz que le era familiar, se trata de su dueña; la pobre, al verla, casi se muere de la impresión.
Todos le dicen que es mejor tirarla, pero ella repite no y no, que se la llevará a su casa y la acicalará. Y así fue. La lijaron, la barnizaron y la llevaron a un tapicero a que le pusiera una rejilla nueva, y nueva quedó. Su dueña la acaricia y la mecedora no se cree su transformación, pasó de ser algo inservible, a convertirse en la joya de la sala. La casa es la misma. Unieron la terraza con la salita para poner un hermoso piano de cola y, como aparte de las sillas del comedor, solo caben dos sillones de oreja, ella quedó perfecta junto al piano. A veces, cuando su dueña se balancea mientras escucha a su hijo tocar, la mecedora, feliz como nunca, piensa en lo que daría porque la viera por un agujerito la engreída de la vitrina.

martes, 21 de febrero de 2012

Relatos de las alumnas: ejercicio de personificación.

El reclinatorio
Francisca Gracián Galbeño

            Salí de un taller de cierto renombre y, aunque mis hermanos eran muchos y nos encontrábamos en varias filas, nos manteníamos  de pie, firmes y engalanados; con nuestras vestiduras moradas, color rojo burdeos y hasta negras; de seda fina o de lino; todos quietos, en silencio, como correspondía a nuestra función y a nuestra dignidad: éramos reclinatorios, de varios tamaños, de varios grosores de madera, que era el material de que estaba hecha nuestra alma.
            Algunos de nosotros, según los comentarios que llegaron de la vecindad, estaban destinados a catedrales, iglesias importantes, monasterios; otros iban a ir a pequeños oratorios, para uso de modestos párrocos o, más bien, de algún clérigo o personaje de renombre que visitara el lugar, de paso para algún destino principal; y los más ligeros y sencillos, serían separados para ir a mansiones particulares, a capillas domésticas de familias de la baja nobleza, o burgueses piadosos, o simplemente de los que ostentaban signos de religiosidad porque aquello era apropiado  para sus fines.
             Vi, pues, la luz, en un siglo convulso al que oí llamar siglo dieciséis. De hecho, poco después de que en 1.517, un monje agustino de nombre Martín Lutero dio a conocer, lejos de mi lugar de nacimiento, unos papeles con 95 tesis, exponiendo sus ideas y desafiando al Papa de Roma, y que inició un movimiento llamado Reforma, se gestó una respuesta contraria que se denominó Contrarreforma, y  todo el mundo se vio empujado a tomar partido.
            Y en mi país, que era contrario a las ideas del fraile, se empezó a multiplicar la fabricación de objetos que tenían que ver con las ideas religiosas predominantes, y salieron al mercado ingentes cantidades de hábitos, rosarios, cilicios, cruces, estandartes, reliquias y reclinatorios.
            Según las autentificaciones de las autoridades competentes, los trozos de la cruz de Cristo eran tantos, que se hubieran podido componer varios cientos  de ellas.
            El caso es que la gente se apasionó en discusiones y en prácticas, todo o casi todo en el ámbito privado; porque la Iglesia Católica empezó enseguida a perseguir a individuos y a grupos por los cuales se sintió amenazada.
            Por tanto, la gente comenzó a hacer gala de sus creencias y ritos en conformidad con la iglesia imperante. Y muchos de nosotros fuimos colocados ante pequeños altares domésticos; y cuando había visitas, dejaban abiertas las puertas de los oratorios, para que los amigos viesen cuán piadosos eran los habitantes de la casa.
            Yo nunca pude contemplar una de estas iglesias de las cuales oí hablar a los aprendices del taller; porque cuando terminaron de construirnos y nos adornaron uno por uno, me llevaron, muy bien envuelto a una casona, casi un palacete, que se levantaba en el extremo de un bonito pueblo que vivía agazapado entre montes y barrancos.Tuvo primero el nombre de Arunda, cuando era celta; Runda, después de que pasaran por allí los griegos; y desde el siglo III, con los romanos, alcanzó el rango de ciudad, y su nombre definitivo de Ronda. Tenía, varios siglos después, una pequeña comunidad de aristócratas y era un punto apenas en lo que fuera una vez el país de Al Andalus, en la parte sur de Hispania, que ahora se llamaba España, y donde todo el mundo había sido condenado a pensar, creer y vivir lo mismo que sus vecinos.
            Claro que todas estas cosas interesantes las oí mucho después, y fue porque mi primer usuario leía sus páginas de “Historia de España” sentado en mi cojín.
              Vine a ser espectador de las devociones de un jovenzuelo que, en cuanto sus padres se daban la vuelta, se sentaba en el almohadillado y soñaba con otros mundos.  Como un amigo fiel y discreto, le había escuchado componer y recitar versos,  mientras sus padres, que le oían susurrar, pensaban que seguía con sus oraciones. Y es que el muchacho tenía gran devoción, pero no hacia las imágenes de su capilla, sino hacia la hija adolescente de sus vecinos. Y yo, a veces, lo notaba tan angustiado, que a menudo sentí salírseme el corazón del cuerpo.
             No sé cuáles serían las experiencias de mis compañeros, a los que no volví a ver. Pero la madera noble de mi alma se resquebrajaba, y lloró tanto con las penas del chico, que  temí quedar pronto inservible. Claro que ésta fue la primera vez en que vibré con los sentimientos de quienes se hincaban de rodillas sobre mi almohadillado, o a veces se sentaban en él.
             Por la tela con que suavizaba las rodillas que me visitaron, pasaron muchos años, muchos chicos y chicas, muchas oraciones y muchas soledades. Oí  confidencias, frases de rebelión, promesas y miedos.
            Oyente silencioso, enjugaba lágrimas con mi seda y, una generación tras otra, di una cálida bienvenida a todo aquel que se apoyó en mí.
            Varias veces cambiaron mi funda y mi relleno, en otras ocasiones me repararon una pata rota. Y aunque me dolió, nunca quise acusar ni devolver el golpe a uno de los adolescentes de la casa que, cuando el cura le echó una reprimenda cruel después de una caída moral de lo más humana, serró mi madera por un lado hasta provocarme un dolor de huesos que adivinaba perenne, y una pena en el alma por la severidad que heló para siempre el corazón del joven.
            Durante varios siglos esa fue, más o menos, mi vida. Después llegué a estar tan deslucido que temí acabar en una leñera.
            Pero, aunque con algunos sobresaltos (recuerdo haber oído hablar del siglo de la Ilustración, de los franceses intentando hacerse los dueños de nuestro pueblo, de los bandoleros de Sierra Morena, de la Primera Guerra Mundial, que dejó al pueblo sin hombres, y años después, la Guerra Civil Española, que lo dejó sin sonrisas), para mí casi todo se reducía a estar en la pequeña capilla o muy escondido, con las imágenes, en un trastero secreto.
            Y un verano cambió mi destino y pude ver otros horizontes antes de morir: fui regalado a una amiga de la familia, que se trasladaba a la ciudad; y viví en su dormitorio varios años. Sólo le servía como adorno, pues le gustaba rezar sentada en un gran sillón frailero.
            Yo la miraba, y tenía la intención de darle algún consejo, pero no creo que  me oyera, por no estar suficientemente cerca. Y  me frustré muchas veces, porque mi función era esa: consolar y aconsejar a las personas.
            Así que me alegré cuando, ya viejecito y crujiéndome los huesos, me llevó una mañana a la sacristía de la iglesia junto a la cual tenía su casa, y me entregó al cura con el que ya había hablado en días anteriores; y después de limpiarme y embellecer de nuevo mi cojín, me pusieron en una fila de la nave central, junto a otros reclinatorios como yo, algo usados, pero contentos por la aventura.
            Y aquí estoy ahora; recibo a varias personas a la semana, las oigo, las aconsejo, y procuro consolar sus vidas. Aquí permanezco, esperando el fin de mis días en este rinconcito de la Catedral de Málaga.
                                                              Francisca Gracián Galbeño
      19 de Enero de 2.012

miércoles, 15 de febrero de 2012

Relatos de las alumnas: ejercicio de personificación.

Memorias de un aparato de  radio

La radio familiar, imagen enviada por la autora
Isabel Fraile Hernando


Me crearon en las primeras décadas del siglo veinte para llenar los hogares de noticias, música, seriales y llevar algo de alegría a los domicilios en un tiempo matizado de gris. Fui comprado a plazos con algo de esfuerzo. Aún me parece ver la sonrisa de las niñas en la casa donde fui a parar, el alborozo con que me recibieron. Las recuerdo cada tarde pegadas a los altavoces, disfrutando de los cuentos y canciones infantiles. El padre, imponía silencio cuando, de forma puntual, con su soniquete característico, daba comienzo el “Diario hablado”. Tengo que apuntar el enojo del hombre con ciertas noticias y  temí más de una vez que lo pagara conmigo porque, en cierto modo, era el causante de su contrariedad.
Pasé mis primeros cinco años en un lugar preferente y cómodo de la pequeña casa, lejos de los humos de la cocina que hubieran dañado mi delicado interior. Fue un periodo en el que viví tranquilo. Era un aparato joven, de buena marca, aunque mi aspecto, chaparradete y marrón, no fuera el más bonito de los que se vendían. Estaba garantizado para no dar problemas.
Siempre residí con la misma familia. Primero en aquel domicilio lleno de humedades que no disponía de agua corriente, donde comenzaron mis primeros achaques. Después, en el piso de protección oficial con el que todos ganamos en salud.
Mi lugar en la nueva vivienda fue un cuarto luminoso y seco frente a unas cortinas de cretona, un vergel inanimado de flores y pájaros.

Pasaron los días, los meses, los años…
Desde allí observé los cambios físicos producidos en los habitantes de la casa. La madre, con el tiempo, iba ganando kilos y tristeza a consecuencia, como supimos más tarde, de una enfermedad endocrina. El padre, perdía los kilos sobrantes de su compañera pero, a diferencia de ella, siempre estaba de buen humor. Para las ahora adolescentes, ocupadas en pintarse y en alguna que otra cosa más, me volví casi invisible.
También en mi interior, y aunque en ese momento no me diese cuenta, se acumulaban cambios. Era más lento al empezar a emitir sonido y este iba acompañado de un carraspeo como la tos de un viejo cascarrabias.
Así, hasta que alguien vino a relevarme en importancia. Era un cajón cuadrado, color chocolate, mucho más grande que yo, que emitía sonido e imágenes. El regocijo con el que me recibieron en su momento se quedo chico ante el arribo de este nuevo miembro a la familia. Por lo que pude oír, a ese aparato lo llamaron “televisión” y, al parecer, según comentaron mis dueños, eran los primeros en tener uno en toda la escalera, por lo que algunas veces la casa se convirtió en un lugar de encuentro
En un primer momento sentí ser el príncipe depuesto. Tampoco es que tuviera mucho trato con él porque lo situaron en el comedor, que era donde se hacia la “vida” en ese tiempo, mientras yo, seguí relegado en el cuarto de estar, frente al vergel ahora desteñido por los rayos del sol que se colaban por la ventana. La única semejanza con mi rival es que fuimos comprados a plazos y con similar esfuerzo.
Más tarde me di cuenta de lo equivocado que estuve. A mi altivo rival, le sustituyeron otros aparatos más modernos y en color. Yo, por el contrario, sigo perteneciendo a la misma familia.
Para una de las hijas que oía mis cuentos no era un simple aparato de radio, sino un testigo de la etapa feliz de su infancia Gracias a la complejidad de los seres humanos me salvé de morir destripado con todas mis válvulas al aire.
Hoy, me limpian el polvo a diario y, aunque mi trabajo es solo decorativo, no tengo miedo a que ningún aparato nuevo me sustituya. Para las personas también los objetos inanimados formamos parte de  su historia.
Isabel Fraile
 


sábado, 11 de febrero de 2012

Una frase, una imagen

"En Egipto, se llamaba a las bibliotecas el Tesoro de los Remedios del Alma, en efecto cura... cura la ignorancia, que es la más peligrosa de las enfermedades.... y el origen de todas las demás". Jackes Benigne Bossuet.

Jacques-Bénigne Bossuet


viernes, 10 de febrero de 2012

Proverbio judío

Jerusalem - Muro de las lamentaciones

No te acerques a una cabra por delante, a un caballo por detrás, y a un tonto por ningún lado.
 

miércoles, 8 de febrero de 2012

Un poema de Alejandra Pizarnik

ALEJANDRA PIZARNIK
HIJA DEL VIENTO

Han venido.
Invaden la sangre.
Huelen a plumas,
a carencias,
a llanto.
Pero tú alimentas al miedo
y a la soledad
como a dos animales pequeños
perdidos en el desierto.

Han venido
a incendiar la edad del sueño.
Un adiós es tu vida.
Pero tú te abrazas
como la serpiente loca de movimiento
que sólo se halla a sí misma
porque no hay nadie.

Tú lloras debajo del llanto,
tú abres el cofre de tus deseos
y eres más rica que la noche.
Pero hace tanta soledad
que las palabras se suicidan.


martes, 7 de febrero de 2012

200 aniversario del nacimiento de Charles Dickens

Charles Dickens
Dickens, Charles (Portsmouth, Inglaterra, 7 de febrero de 1812 – Gads Hill Place, Inglaterra, 9 de junio de 1870), novelista inglés y uno de los escritores más conocidos de la literatura universal. En su extensa obra, combinó con maestría narración, humor, sentimiento trágico e ironía con una ácida crítica social y una aguda descripción de gentes y lugares, tanto reales como imaginarios.
Nació el 7 de febrero de 1812, en Portsmouth, y pasó la mayor parte de su infancia en Londres y Kent, lugares que aparecieron con frecuencia en sus obras. Comenzó a asistir a la escuela a los nueve años de edad, pero sus estudios quedaron interrumpidos cuando su padre, un pequeño funcionario afable pero despreocupado, fue encarcelado, en 1824, por no pagar sus deudas. El joven Charles se vio obligado, pues, a mantenerse por sí mismo, y entró a trabajar en una fábrica de tintes. Esta desagradable experiencia, que más tarde describiría, sólo levemente alterada, en su novela David Copperfield (1849-50), le produjo una sensación de humillación y abandono que le acompañó durante el resto de su vida. Entre 1824 y 1826 asistió de nuevo a la escuela, aunque la mayor parte de su educación fue autodidacta. Entre sus libros favoritos se encontraban los de algunos de los grandes novelistas del siglo XVIII, como Henry Fielding y Tobias Smollet, cuya influencia se puede percibir con claridad en sus propios escritos. En 1827 consiguió un trabajo como secretario legal y, tras estudiar durante un breve periodo de tiempo el oficio, se convirtió en periodista en el Parlamento, lo cual le habituó a realizar precisas descripciones de hechos, cualidad que aplicaría posteriormente a su obra narrativa. En esa época conoció a María Beadnell, y se enamoró de ella, pero su familia lo rechazó como pretendiente de la joven, por lo que, tras cuatro años de relaciones, se separaron. Para entonces, él ya estaba trabajando como reportero en una publicación de su tío, The Mirror of Parliament, y para el periódico liberal The Morning Chronicle.
Oliver Twist

En diciembre de 1833, Dickens publicó, bajo el seudónimo de Boz, la primera de una serie de breves y originales descripciones de la vida cotidiana de Londres en The Monthly Magazine, una revista que editaba su amigo George Hogarth. Tras ello, un editor de la ciudad le encargó un volumen de nuevas notas en este estilo, que debían acompañar a las ilustraciones del famoso artista George Cruikshank. El éxito de este libro, titulado Los apuntes de Boz (1836), le permitió al novelista casarse con Catherine Hogarth en ese mismo año, y le animó a preparar una colaboración similar, esta vez con el conocido artista Robert Seymour. Cuando Seymour se suicidó, otro artista, H. K. Browne, apodado Phiz, que realizaría más tarde muchas de las ilustraciones de los últimos trabajos de Dickens, ocupó su lugar. El resultado de esta colaboración fue Papeles póstumos del club Pickwick (1836-1837), una obra en un estilo muy próximo al de los cómics, cuyo éxito consolidó la fama del novelista, e influyó notablemente en la industria editorial de su país, pues su innovativo formato, el de una publicación mensual muy poco costosa, marcó una línea que siguieron otras editoriales.
David Copperfield

La fama que le había producido este curioso proyecto se vio ampliada por las siguientes novelas que fue publicando. Hombre de enorme energía y talento, se dedicó a otras muchas actividades. Editó los semanarios Household News (1850-1859) y All the Year Round (1859-1870), escribió dos libros de viajes, Notas americanas (1842) e Imágenes de Italia (1846), administró asociaciones caritativas y luchó porque se llevaran a cabo reformas sociales. En 1842, impartió seminarios en los Estados Unidos en favor de un acuerdo internacional sobre propiedad intelectual y en contra de la esclavitud. En 1843 publicó Canción de Navidad, que se convirtió rápidamente en un clásico de la narrativa infantil. Las actividades extraliterarias de Dickens incluían la gestión de una compañía teatral que funcionó hasta la subida al trono de la reina Victoria, en 1851, y las lecturas de sus obras en Inglaterra y en Estados Unidos. Sin embargo, todos estos éxitos se vieron empañados por sus problemas familiares. La incompatibilidad de caracteres y la relación del autor con la joven actriz Ellen Ternan, llevaron a la disolución del matrimonio, en 1858, fruto del cual habían nacido diez hijos. Murió el 9 de junio de 1870 y fue enterrado cinco días más tarde en la abadía de Westminster.
Canción de Navidad 

A la vez que maduraba artísticamente, sus novelas se habían ido transformando de cuentos humorísticos, en la línea de Los papeles del club Pickwick- esta obra fue traducida al español del francés por Benito Pérez Galdós (1868) ya que el autor español no sólo admiraba a Dickens sino que le consideraba como uno de sus maestros- y Nicholas Nickleby (1837-1838), en obras de gran relevancia social, análisis psicológico y enorme complejidad narrativa. Entre sus obras más representativas se encuentran Casa desolada (1852-1853), La pequeña Dorritt (1855-1857), Grandes esperanzas (1860-1861) y Nuestro amigo común (1864-1865). Los lectores del siglo XIX y de comienzos del XX apreciaban más las primeras obras del autor, por su sentido del humor y su trasfondo trágico. Pero, aún reconociendo las cualidades de esta narrativa temprana, los críticos literarios de hoy en día sitúan por encima de ella a las obras de madurez, por su coherencia formal y su aguda percepción de la condición humana. Otras obras destacadas son Oliver Twist (1837-1839), La tienda de antigüedades (1840-1841), Barnaby Rudge (1841), Martin Chuzzlewit (1843-1844), Dombey e hijo (1846-1848), Tiempos difíciles (1854), Historia de dos ciudades (1859) y El misterio de Edwin Drood, que quedó incompleta.

Las imágenes han sido obtenidas en Internet. La biografía en la enciclopedia Encarta.

Fallece el pintor Antoni Tàpies

Ayer lunes, 6 de febrero de 2012, falleció en Barcelona -España-, a los 89 años de edad, el pintor Antoni Tàpies y Puig, Marqués de Tàpies, escultor, pintor, escritor de quien dejo esta biografía obtenida en la enciclopedia Encarta.

Tàpies, Antoni (Barcelona, 13 de diciembre de 1923 – Íb. 6 de febrero de 2012), pintor y escultor español, nacido en Barcelona, uno de los líderes del informalismo español, cuya influencia será decisiva a nivel internacional.

Antoni Tàpies i Puig
Tàpies inicia su trayectoria artística en el año 1945, tras abandonar sus estudios de derecho y después de una convalecencia por una enfermedad pulmonar que le posibilita el reposo físico y psíquico necesario para el estudio y la reflexión intelectual. Es entonces cuando se acerca a la obras de filósofos como Friedrich Nietzsche, Miguel de Unamuno y Arthur Schopenhauer, poetas como Edgar Allan Poe, músicos como Richard Wagner o Robert Schumann, y artistas como Vincent van Gogh o la época surrealista de Pablo Picasso. Poco después descubriría a Jean Paul Sartre, cuyo existencialismo marcaría su trayectoria vital y artística.

Sobre la base del surrealismo funda en 1948, junto a un grupo de jóvenes artistas e intelectuales catalanes, el grupo Dau al Set, que plantea una opción artística y cultural vanguardista de ruptura con las corrientes convencionales que se desarrollaban por entonces en España. En 1950 se le concede una beca de estudios en París, donde toma contacto con las ideas revolucionarias de izquierda y con la pintura abstracta. Ese mismo año realiza su primera exposición individual.

Cruz sobre tierra
En 1951, Tàpies se desliga del grupo Dau al Set e inicia una evolución individual, optando por una línea informalista, abstracta, basada en las investigaciones sobre la materia pictórica como medio expresivo artístico: impone como valor total la materia frente a la forma. De ahí que su obra sea exponente de primer orden de la corriente matérica informalista. A lo largo de su trayectoria utiliza diversos procedimientos. En el collage mezcla elementos heterogéneos con la pasta pictórica aplicada directamente del tubo en forma de empastes gruesos y granulosos, sobre los que realiza huellas, incisiones, surcos y grietas, con los dedos y otros medios. Otras veces usa el grattage, que consiste en el rascado o rayado de superficies como cartón. El objetivo final es una pintura de relieves, orográfica, recreándose en la presentación de texturas rugosas, porosas o granulosas (matéricas en definitiva) que contrastan con superficies lisas, como se observa en su obra Blanco craquelado (1956). A partir de 1953 hace uso de la técnica denominada mixtura, consistente en la mezcla de pintura al óleo con polvo de mármol, cuya finalidad es, de nuevo, resaltar el carácter matérico de la obra, como en Negro con mancha roja (1954). Otras veces emplea el encolado de superficies.

En sus obras se repiten una serie de signos e imágenes que pertenecen al universo simbólico e interior del artista, con claras alusiones al universo, la vida, la muerte o la sexualidad. Entre ellos aparecen en sus composiciones figuras geométricas, más o menos difuminadas o distorsionadas, como el óvalo (Óvalo blanco, 1957), el círculo, el cuadrado (Puerta gris, hacia 1958), más tarde el triángulo (Forma triangular sobre gris, 1961); signos como la cruz, constante a lo largo de su carrera, que puede ser griega, latina, en aspa (Gran equis, 1962), en forma de T, ésta última asociada a la inicial de su apellido; números, letras, entre otros. En este sentido cabe citar Materia negra sobre saco (1960) y Cuerdas entrecruzadas sobre madera (1960). A partir de 1962 comienza una etapa en la que se produce la integración en la obra de objetos cotidianos como cuerdas, platos (Montón de platos, 1970), paja, junto a signos antropomórficos (pie, mano, dedos), como se observa en Blanco con pisadas, que denota un interés por plasmar la huella y presencia humana en sus obras; también aparecen temas y símbolos de carácter sexual (órganos sexuales masculinos y femeninos, paja, mantas, cama…) como en Paja sobre tela. Su gama cromática ha oscilado entre el monocromatismo y colorido neutro con predominio de grises, negros, blancos y ocres y la inclusión de un colorido más vivo, con rojos, naranjas, rosas, amarillos y azules.

A partir de la década de 1970 su obra presenta heterogeneidad estilística y, si bien sigue cultivando el informalismo, a veces presenta una realidad objetual integrada por la presentación de elementos cotidianos, por ejemplo en Materia gris en forma de sombrero.

Ropa interior
Tàpies ha sido considerado precursor del arte povera. Desde la década de 1950 su obra ha gozado de reconocimiento internacional, reflejado en el hecho de la organización de exposiciones sobre su obra por parte de grandes museos y galerías de arte del mundo entero. En 1958 recibió el Premio Carnegie y en 1967 el de la Bienal del Grabado de Liubliana. Son también numerosos los estudios teóricos realizados por especialistas sobre su obra. Además, ha realizado cerámicas, tapices y esculturas, entre las que cabe destacar su mosaico de la plaza de Sant Boi de Llobregat (Barcelona), sus esculturas públicas Homenaje a Picasso y Núbol i cadira (Nube y silla), ambas inauguradas en Barcelona en 1990, y su polémico Calcetín (1992), de 18 m de largo. En 1990 se inauguró en Barcelona la Fundación Tàpies, creada por iniciativa del propio artista para fomentar y difundir el conocimiento del arte contemporáneo, así como para exponer y conservar su propia obra.

  

Homenaje a Picasso

lunes, 6 de febrero de 2012

Un micro relato de Ramón Gómez de la Serna

Aquella muerta

Ramón Gómez de la Serna

Aquella muerta me dijo:
-¿No me conoces?... Pues me debías conocer... Has besado mi pelo en la trenza postiza de la otra.





sábado, 4 de febrero de 2012

A la hora de escribir los grandes maestros opinan...

Ernest Hemingway

Ernest Hemingway

Para escribir me retrotraigo a la antigua desolación del cuarto de hotel en el que empecé a escribir. Dile a todo el mundo que vives en un hotel y hospédate en otro. Cuando te localicen, múdate al campo. Cuando te localicen en el campo, múdate a otra parte. Trabaja todo el día hasta que estés tan agotado que todo el ejercicio que puedas enfrentar sea leer los diarios. Entonces come, juega tenis, nada, o realiza alguna labor que te atonte sólo para mantener tu intestino en movimiento, y al día siguiente vuelve a escribir.



miércoles, 1 de febrero de 2012

Encuesta respondida

La pregunta decía: Se quitó la vida llenándose los bolsillos de piedras y arrojándose al río en marzo de 1941, ¿a quién nos referimos?

Virginia Woolf

- Virginia Woolf

- Victoria Ocampo

- Juana de Ibarbourou

- Alfonsina Storni

Dábamos como posibles cuatro nombres femeninos, de los lectores que nos visitan solo dos respondieron, y acertaron la respuesta. Se trata de la escritora inglesa, Virginia Woolf, autora de Fin de viaje (1915), Noche y día (1919), El cuarto de Jacob (1922) y La Señora Dalloway (1925), entre otras obras, padecía de severas crisis depresivas. Virginia era una gran observadora de lo que ocurría a su alrededor, su obra muestra el mundo interno de los sentimientos, las frustraciones y los sufrimientos de las personas. Una mujer que contaba con una extrema sensibilidad que no le permitió disfrutar de su existencia. En marzo de 1941, en medio de una de esas crisis, decidió poner fin a su vida dejando una carta a su esposo, Leonard Woolf, en la que le decía: "Te debo toda la felicidad de mi vida (…) No creo que dos personas hayan podido ser más felices que nosotros".

http://es.wikipedia.org/wiki/Virginia_Woolf
trucos blogger