¿QUÉ BENEFICIOS SE OBTIENEN AL MATRICULARSE EN UN TALLER LITERARIO?

Preguntas como esta, o tales como:
- ¿Es bueno matricularse en un taller literario?
- ¿Qué me aporta el matricularme en un taller literario?
- ¿Seguro que se puede aprender a escribir en un taller literario?

Preguntas similares y muchas más las he estado escuchando los últimos seis años, los que tiene de vida el taller.
A quienes me las hacían, bien por correo electrónico, bien por teléfono, traté de sacarles de dudas lo mejor que supe o pude.
He de decir que, como tallerista que fui durante más de ocho años en uno de los más antiguos aparecidos en la ciudad de Madrid, más dos cursos en una escuela de prestigio diré que:
1.- Los genios literarios, salvo muy raras excepciones no nacen, se hacen a base de esfuerzo y trabajo constante (al igual que cualquier trabajador en la disciplina que sea: para ser realmente bueno es preciso constancia y trabajo).
2.- En todas las universidades anglosajonas, los talleres literarios son una asignatura más en las facultades de letras.
3.- Cualquiera que sepa redactar medianamente bien, y que tenga inquietudes literarias, puede ser un magnífico alumno.
4.- A un taller literario hay que llegar con humildad y con el pensamiento de que se va a aprender, no creyéndose de entrada un Cervantes o mejor que el insigne alcalaíno porque será un pésimo alumno que no se dejará corregir, se aburrirá y entorpecerá las clases.
5.- Quizá este punto debí ponerlo en el 1º o 2º lugar. Escribir es: CORREGIR, CORREGIR, CORREGIR y CORREGIR, de tal modo que el texto quede pulido, tanto como una pista de patinaje por la que, el lector, deslice la vista y no se encuentre obstáculo alguno que le haga desechar la obra que tiene entre manos bien por aburrimiento, falta de comprensión, exceso de rimas...
6.- Y por último, para no aburrir como pongo más arriba, quien desee escribir, llegar a tener un estilo propio, debe leer mucho y bien, es decir: beber de los autores clásicos y contemporáneos pero no sólo ir a conocer el argumento, sino ver las figuras retóricas empleadas, el tono, el estilo, las formas de lenguaje... Es necesario hacer un estudio en profundidad e, incluso, intentar parecérsele (con los ejercicios de intertextualidad) y, cuando menos se lo espere, habrá llegado, si no a la cumbre, sí a empezar la escalada de esa montaña que, aunque parezca que no, se conseguirá con tesón.

Un saludo, Juana Castillo


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jueves, 25 de septiembre de 2008

Colaboraciones externas: un relato de Blanca del CERRO, Madrid (España)


EN BUSCA DE LA LUZ ®

Blanca del Cerro



Yo no quería hacerlo, madre, te aseguro que no quería, pero no pude resistir la tentación. Había tanta claridad, y tanta luz allá al fondo, y la tierra extendiéndose hasta no sabía dónde, y los árboles, tan verdes, muy similares a los de nuestro país, aunque no tan grandes y no tan frondosos, llamándome a gritos, las plantas entonando canciones de cuna al anochecer, y la luna haciéndome guiños de complicidad en el cielo, era tanto lo que me llamaba fuera, que no supe decir que no. Por eso, cuando vi la puerta entornada y comprendí que bastaba con un pequeño empujón para abrirla, me lancé sin pensar hacia el infinito de un más allá desconocido. Yo no quería hacerlo, madre, de verdad, sabes que no te miento, sabes que nunca te he mentido, pero una voz en mi interior, un algo superior a mi voluntad, me impulsó. Y salí. Salí en busca de la luz. Era totalmente de noche. Ya había quedado atrás ese instante que tanto te gusta, cuando las sombras empiezan a reptar por los pliegues incoloros del día y se apoderan de ellos hasta convertirlos en cenizas. Por eso me fui. Así, sin pensarlo. Fue fácil: sólo un empujón.
Al salir me recibió un murmullo de sombras que me abrazaron. Todo era silencio y noche. Dudé un poco, pero aquella era mi oportunidad y no podía desaprovecharla. Salí al exterior y me metí de lleno en la oscuridad. Las estrellas me saludaron contentas. Y empecé a caminar.
Nada se parecía a lo que yo imaginaba, porque lo que encontré al salir no fue sólo un bosque, los árboles que veía desde dentro, ramas y hojas, sino un extraño paisaje compuesto por algo cuyo nombre desconozco, pero que podían ser casas, casas muy altas, mucho más altas que las de nuestra tierra, que llegaban al cielo, con miles de ventanas, unas con soles, otras sin soles –debía haber soles diminutos encerrados en su interior- y donde no existía horizonte porque el horizonte quedaba cubierto por esos curiosos monstruos de variadas formas. Me detuve un instante para contemplarlos. Jamás en mi corta vida había visto nada parecido. La verdad es que no me gustaron, por eso me dirigí hacia el bosque que me llamaba. De verdad, madre, el bosque me llamaba suavemente y no podía negarme. Era una voz muy dulce, casi como la tuya, una voz verde compuesta de hojas, ramas y flores.
Y al entrar y encontrarme cubierto por los árboles, me sentí como en casa, no la de aquí, sino la de allí. Aunque casi no la recuerdo, pero si recuerdo el aire tan suave, y la luz eterna, y los olores.
Qué distintos son los olores aquí. No alcanzo a distinguir muchos de ellos, mi olfato se pierde ante tanta variedad y tanta diferencia. Son otros, no tan puros y con multitud de mezclas, no sabría explicarlo bien. Por eso no pude encontrarte, al final, cuando quise volver y no conseguí percibirte.
Anduve tranquilamente, arropado entre las sombras, y llegué a aquel lugar desconocido. Me cobijé tras unos setos que se extendían en torno al bosque, asomé un poco la cabeza y vi que no había nadie.
Lo que contemplé fue un terreno muy amplio, una parte formada de tierra y otra de hierba verde, con muchas flores y plantas alrededor y, en el centro, un algo extraño de piedra de donde salían varios chorros de agua. Aquello tenía un cierto parecido con nuestro hogar, madre. Me gustó. Me encontré a gusto, como si fuera un retorno.
No sé explicarte bien cómo me sentía, me recorría una sensación extraña, como si una mano suave me acariciara la piel, como si una voz dormida me susurrara al oído que mi vida podría volver a ser como era porque, a pesar de mis escasos recuerdos, a pesar de que aquí me encuentro bien en determinados aspectos, prefiero todo aquello que dejamos o que perdimos, no lo sé.
Paseé lentamente por aquel pedazo de terreno que me atraía, caminé por los senderos, me detuve ante las flores, observé las plantas, escuché el sonido del agua. Me sentí a gusto respirando paz. Miré a un lado y a otro y, ante la evidente ausencia de toda señal de vida, decidí acercarme a beber un poco de los chorros porque tenía sed.
Aquella decisión fue un error, lo confieso, porque, en el momento en que me encontraba bebiendo tranquilamente, salió una persona del bosque que quedaba justo detrás de mí. Al oír sus pasos, giré la cabeza. El hombre, porque era un hombre, venía corriendo casi sin ropa, o con muy poca. Se acercó adonde yo estaba. Al verme, se detuvo en seco, abrió mucho los ojos y la boca, y apretó los puños. Nuestras miradas se cruzaron un instante. Los ojos del hombre encerraban puntitos de terror, que son puntitos amarillos que brillan en las pupilas cuando alguien siente miedo, eso sí lo sé. Estuvo unos segundos quieto, como si no supiera qué hacer, como si dudase, empezó a caminar hacia atrás, muy lentamente, un paso, dos, tres y, al tropezar con uno de los árboles donde comienza el bosque, dio media vuelta y salió corriendo. Yo lo miré asombrado sin comprender su reacción y continué bebiendo.
Cuando los hombres vienen a casa, cuando vienen a verme, siempre van acompañados de niños, y todos ríen. Nadie se asusta, al contrario. Me gustan los niños y me gusta su risa. Es como los trinos de los pájaros de nuestra tierra, porque aquí no hay muchos pájaros, o al menos yo no los he visto, lo cual es un poco triste. No me puedo imaginar el mundo sin ellos. ¿Cómo es posible vivir sin escuchar sus canciones?
Después de beber, comprendí que tenía hambre, ya que no había comido nada desde el día anterior. Fue en ese momento, tras sentir una punzada en el estómago, cuando por primera vez pensé que tal vez había sido un error escaparme de casa, porque allí tengo todo lo que deseo, nunca me falta agua, nunca me falta comida, aunque sí me falta la luz, esa luz tibia que merodea por el exterior y que se queda siempre a las puertas de nuestro hogar. Por eso salí a buscarla.
Comencé a caminar lentamente, mirando hacia todas partes. Necesitaba alimentarme.
A lo lejos, junto a un muro no muy alto, divisé una especie de cajas grandes llenas de bolsas. Despedían un extraño olor. Me dirigí hacia ellas atento a cualquier sonido. Al llegar a la valla, me acerqué a aquellas cajas grandes, abrí una de las bolsas y encontré desperdicios y restos de carne. En principio me disgustó porque no estaba muy limpia y no había mucha, pero sí suficiente para calmarme. Aunque sentía un poco de asco, no tuve más remedio que comerla.
La luz de la mañana empezaba extenderse por todas partes. Era el amanecer saludando al mundo.
Di media vuelta y volví a la pradera.
Y después de comer, ya con el estómago medio lleno, me asaltó tu recuerdo, madre, y te eché de menos. Empecé a pensar en que había cometido un error al separarme de ti, así, de repente, sin decirte una palabra. Y añoré tus caricias. Había ido en busca de la luz, pero te dejé sola en casa. Permanecí un rato quieto, sin saber qué hacer, sin decidirme, porque, por una parte, deseaba volver a tu lado pero, por otra, la luz gritaba tanto… Y pensé que la luz sería maravillosa, pero de nada valía sin tu presencia.
En ese instante, oí un ruido. Eran pasos. Los pasos de alguien que se acercaba. Quise encaminarme hacia unos arbustos, pero no sirvió de nada porque no llegué a tiempo. Casi tropecé con la figura de una mujer rubia que caminaba por el bosque, llevando varios libros en las manos. Nos encontramos frente a frente. Por un instante pensé que se aproximaría y me saludaría, pero no fue así. Al verme, se detuvo en seco, abrió mucho los ojos, profirió un grito espeluznante, y cayó muerta ante mí. Los libros se desparramaron. Quedé paralizado. Aquello fue realmente terrible. Yo no había hecho nada. No alcanzaba a comprender por qué razón mi presencia resultaba agradable en casa y fuera de ella todos se asustaban. Algo extraño debía estar pasando.
Me quedé mirando aquella figura, dulce y blanca, tendida en el suelo. No era joven pero tampoco vieja, muy parecida a las madres de los niños que vienen a visitarnos. Su cabello rubio le caía por los hombros y parecía muy suave. Di unos pasos y me acerqué a ella. No estaba muerta porque respiraba. Le acaricié el rostro y ella continuó allí, muy quieta, sin abrir los ojos, sin un solo movimiento salvo el de su pecho subiendo y bajando al compás de la respiración.
Fue entonces cuando pensé que debía huir de allí porque, en caso de que aparecieran otras personas, seguramente me acusarían de haber hecho daño a aquella mujer rubia. No sería cierto, yo no podría hacer daño a nadie pero, ¿cómo explicarlo?
Levanté la cabeza dispuesto a alejarme, a volver junto a ti, miré a un lado y a otro y sentí como si el ese mundo oscuro al que había salido me hubiera tragado, me hubiera engullido en sus fauces, y comprendí aterrorizado que estaba perdido, que no sabía hacia dónde dirigirme, porque había dado tantas vueltas que desconocía el camino hacia mi hogar, hacia ti. Aspiré el viento para percibir tu olor pero hasta mí llegaron cientos de aromas desconocidos entre los que no estaba el tuyo.
Por mi mente pasaron en un instante millones de pensamientos en los que se mezclaban mi casa de allí, mi casa de aquí, la claridad que se abría paso con suavidad entre las nubes, amaneceres y atardeceres cargados de luz, y tú, sobre todo tú, madre, que probablemente me estarías esperando. Me senté en el suelo, junto a la mujer rubia, a la espera de la nada. La observé en silencio, deseando que despertara. No sabía qué hacer. Quise llorar y no pude. Te echaba de menos, echaba de menos tus caricias y la tranquilidad del hogar.
Tal vez la luz no existe para mi, o tengo que esperar más tiempo para buscarla, quizás ahora es demasiado pronto, aunque más adelante pueda ser demasiado tarde, es posible que la luz esté reservada para unos pocos y yo no sea uno de ellos, o probablemente cuando tienes edad suficiente para encontrarla ya no quieres o no puedes hacerlo, o no existe edad para ello. Quién sabe.
Al fondo oí de nuevo el sonido de otros pasos. Me levanté sin separarme de la mujer rubia que yacía a mi lado y escuché. Comprendí que esta vez no se trataba de una sola persona, sino de muchas, oía sus voces, murmullos perdidos en el aire, ecos resonando. Se acercaban. Me agazapé junto a los arbustos.
Nadie apareció por los alrededores.
Asomé la cabeza y pude ver a unos cuantos hombres agachados detrás de los setos que quedaban frente a mí, todos juntos. Uno de ellos era el primero con el que me había topado hacía un rato y había salido huyendo, otros me resultaron conocidos de casa, el director, el joven moreno y agradable que nos sirve todos los días la comida, y varios más, pero no sabían ocultarse bien porque yo podía verlos perfectamente desde donde me encontraba. Algunos llevaban en sus manos unos palos largos, no comprendí porqué y no comprendí qué eran ni qué iban a hacer con ellos, pero sí supe que aquellos hombres venían a por mí.
Bajé la cabeza y pensé en ti, madre.
No creía que la carrera hacia la luz iba a ser tan complicada. Al fin y al cabo, siempre está allí, a la espera, y yo lo único que había hecho era salir a buscarla. Claro que lo difícil no es buscarla, sino encontrarla.
Allí, en nuestra tierra, siempre había luz, eso sí lo recuerdo, una luz incolora que nos arropaba y nos hacía sentir distintos, porque no teníamos que perseguirla, se encontraba junto a nosotros, siempre acariciándonos con sus manos y sus dedos suaves, tan blancos. Porque la luz es muy suave y muy blanca, y podía verse a través de las ramas que nos cobijaban.
Las voces de los hombres se extendían y llegaban a mí, aunque no podía entender lo que decían. Ellos miraban hacia el lugar dónde yo me encontraba y señalaban con sus manos los arbustos. Eran muchos. Yo no podía moverme. La verdad, madre, es que tenía miedo, mucho miedo, porque en ese momento supe que no había hecho bien en escaparme, que debía haberme quedado contigo, a tu lado. Es una lástima que nos hayan quitado la luz. Si no hubiera sido por ella…
Los hombres continuaban hablando y mirando mientras yo los observaba a través de los arbustos.
Pude ver que tres de ellos se separaban del grupo y se dirigían dando un rodeo hacia el lugar donde yo estaba. Los tres caminaban muy despacio, aparentemente con gran cautela, mientras el resto permanecía de pie, tras los setos, colocándose junto a la cara y sobre los hombros los palos que llevaban en las manos.
Uno de los hombres que se aproximaba a mí era el joven moreno que nos sirve todos los días la comida. Es una persona muy agradable que nos habla con cariño y nos trata bien. Iría a buscarlo. Él no me haría daño. Los otros dos llevaban también palos que, al igual que el resto, se colocaron sobre un hombro, contra el rostro. Parecía que tenían miedo, yo lo percibía, porque el terror se percibe de lejos.
Me quedé muy quieto.
Surgieron de detrás de los árboles y, en un instante, nuestras miradas se cruzaron.
No podría explicarte, madre, lo que sentí en aquel momento, fue como si me quitara un gran peso de encima pero, a la vez, comprendí que había perdido la luz para siempre. Y una gran tristeza me arrasó por dentro.
Los tres hombres se plantaron a unos metros de mí, en el centro el joven moreno que nos sirve la comida todos los días, y los otros a los lados, con los palos sobre los hombros mirándome directamente.
El joven moreno dio unos pasos encaminándose muy lentamente al lugar donde yo estaba, a la vez que decía:
- Tranquilo, Dargo, ya estoy aquí, no te asustes, no te asustes.
No sé porqué razón pronunció esas palabras, porque yo no me sentía asustado y estaba muy tranquilo. Me levanté y quise dirigirme corriendo hacia él a saludarle, a decirle que deseaba volver a casa, junto a él, junto a ti, madre, pero, en ese momento sonó un estallido, o tal vez dos, no lo sé, un estallido que retumbó y retumbó, parecía que todos los palos que llevaban aquellos hombres se habían roto, hasta el aire quedó detenido por un instante, el eco del estampido llegó a mi, todo se nubló a mi alrededor, las figuras empezaron a retorcerse, los árboles, las flores, el agua, todo se volvió borroso, y yo cerré los ojos y sentí sueño, mucho sueño, y creo que entonces me dormí. Mi último pensamiento estuvo dirigido a ti, madre.
Al día siguiente, los habitantes de aquella pequeña ciudad perdida entre las montañas, pudieron leer la siguiente noticia en el periódico local:

“En el día de ayer, un extraño suceso tuvo lugar en nuestra localidad. De forma incomprensible, amparado en la oscuridad de la noche, un cachorro de tigre escapó del circo que durante estos días se encuentra instalado a las afueras del pueblo y nos alegra con su espectáculo. Alertados por un vecino que había salido de madrugada a practicar deporte, la policía, el director del circo y el domador de “Dargo”, que así se denomina el cachorro, hallaron a éste merodeando por el Parque de la Fuente de Piedra, cercano al lugar donde se ha levantado el circo. Junto al cachorro, se encontraba desmayada nuestra querida alcaldesa, Doña Antonia Robles, que al parecer se topó con “Dargo” camino de su trabajo y que, afortunadamente, no sufrió ningún daño. Finalmente, y tras un amplio despliegue policial, la fiera pudo ser capturada mediante el disparo de un somnífero. El domador nos ha explicado que no comprende cómo consiguió salir del recinto. En este momento, el cachorro ya se encuentra encerrado junto a su madre".
__________
Breve reseña biobibliográfica.- Blanca del Cerro nació en Madrid. Cursó sus estudios en el colegio de Jesús-María, en esta misma ciudad. Estudió Filología Francesa, Traducción e interpretación y lleva veinte años dedicada a la labor de traductora, aunque su asignatura pendiente ha sido la escritura.
Luna Blanca es su primer libro publicado y confía en que sea la puerta de entrada al mundo de la literatura.
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